Tras la reapertura del estrecho de Ormuz será preciso reparar instalaciones, reactivar pozos y gestionar un colapso logístico en el mar. Los precios de gas y petróleo seguirán reflejando el riesgo geopolítico
El estrecho de Ormuz no es un telón ni una barrera que se abre y cierra con facilidad. Este estratégico enclave, epicentro de la crisis energética que acecha al mundo, se asemeja más a un tubo de pasta de dientes. El tráfico se paralizó de forma fulminante cuando se conoció el ataque de EE UU e Israel sobre Irán, cuando navieras y aseguradoras vieron el peligro antes incluso de las represalias iraníes sobre buques o instalaciones energéticas. Su reapertura, sin embargo, va a ser mucho más lenta y complicada, aun cuando se cumplan las previsiones más optimistas. Si la guerra en Oriente Próximo acabara hoy mismo, el mundo tardará meses en recuperar una mínima normalidad en el suministro petrolífero.
Llevará tiempo reactivar las instalaciones ahora paralizadas, reparar las dañadas y organizar el tráfico marítimo de todos los barcos ahora atrapados en el golfo Pérsico, alrededor de 2.000. Y persistirá en el precio del petróleo y el gas una prima de riesgo, reflejo de un shock desconocido en décadas. La total recuperación de la industria no se contará en meses, sino en años. Este mismo martes Qatar se acogió a causa de fuerza mayor para anunciar que no podrá cumplir los contratos de suministro a largo plazo con China, Corea del Sur, Italia y Bélgica, durante un plazo de cinco años.











