Mi primer recuerdo, aún muy niña, de un Papa me lleva más de seis décadas atrás, cuando el 3 de ­junio de 1963 (que era lunes de Pentecostés), a punto de regresar a Barcelona de uno de esos encuentros cristianos que frecuentaban mis padres, ­alguien avisó del fallecimiento de Juan XXIII. No volvería a ver a mi padre tan abatido, y eso que fue encarcelado por sus luchas obreras, hasta el 11 de septiembre de 1973 cuando casi de madrugada, viendo la última edición del Telediario, supo del golpe de Estado en Chile y de la muerte de Salvador Allende.Acto del Papa en la parroquia de Sant Agustí en el Raval de Barcelona Pau Venteo / ShootingMi padre lo sabía todo del Vaticano y de los sucesivos pontífices, y estos días he estado pensando en lo mucho que le hubiera gustado el mensaje de León XIV. Fun­dador junto a Alfonso Carlos Comín y el jesuita Juan García-Nieto del movimiento Cristianos por el Socialismo, mi difunto padre tuvo que echar mano de sus pro­fundas convicciones para intentar comprender la animadversión de Juan Pablo II hacia todos los movimientos de los cristianos progresistas.Estos días he estado pensando en lo mucho que le hubiera gustado a mi padre el mensaje de León XIVComo herencia paterna recibí un profundo respeto hacia todos aquellos que, aun a contracorriente, dan testimonio de fe, defendiendo la vigencia del Evangelio. He conocido a muchos, como Pere Casaldàliga, que pasó casi toda su vida en Brasil, defendiendo a los desheredados; monseñor Óscar Romero, que fue asesinado, en 1980, mientras oficiaba la misa en la catedral de San Salvador (El Salvador) por denunciar los abusos de la dictadura militar y dar la cara por los más pobres, como hizo el jesuita Ignacio Ellacuría, quien, junto a otros hermanos y dos mujeres, también fue asesinado, en 1989, en la capital salvadoreña.Gloria eterna, y agradecimiento en la tierra, a todos ellos y a tantos anónimos, o menos reconocidos como el misionero ­Joaquim Vallmajó, asesinado en Ruanda en 1994, o uno de sus colaboradores, también misionero español, que, poco después, acompañó hasta un campo de refugiados de Tanzania a miles de desplazados por los sangrientos conflictos en la zona de los Grandes Lagos. Allí estaba el hombre, lo vi con mis propios ojos, con su cruz de madera sobre una camisa ajada protegiendo a aquella pobre gente de los latigazos que los vigilantes del campo arreaban a los que intentaban acercarse a la comida.De todos ellos me acuerdo, los tengo presentes y los defiendo ante quienes solo ven, o quieren ver, los casos más oscuros, los ejemplos más penosos de quienes, amparándose en sotanas o hábitos, cometen abusos de todo tipo. No me harán perder la fe ni, tampoco, la esperanza.