Viendo estos días al Papa -omnipresente, omnisciente, omnipotente, incansable, feliz, crecido- he recordado mis días de escuela, allá por la lejana década de los sesenta, en una nave grande con grandes ventanales donde nos juntábamos niños todavía de posguerra que peleaban por la leche en polvo, más delgados que Manolete, en los huesos. Vivíamos en la selva, al menos yo tenía esa sensación, la escuela estaba rodeada de bancales, llovía mucho y todo era barro. Sin embargo, una vez al año -había otros festejos y celebraciones místicas que no vienen al caso- nos decían que venían unos señores a los que había que recibir con entusiasmo. Cogíamos cañas y en casa cosían dos trozos de tela, una amarilla y otra blanca, formando un triángulo que se pareciese a la bandera del Vaticano. Con nuestras banderas y nuestros sempiternos pantalones cortos hereditarios acudíamos a la Plaza del pueblo, enfervorizados, dispuestos a quedarnos roncos dando vivas a unos señores de los que no sabíamos absolutamente nada, ni siquiera de dónde eran. La plaza abarrotada rugía cuando los misioneros y otros clérigos se asomaban al balcón del Ayuntamiento o del Bar, rodeados de falangistas y de gentes de bien con cara beatífica. Confieso que yo tenía un gozo en el alma, un gozo que al regresar a casa alcanzaba el paroxismo con un gran bocadillo de chorizo doméstico.
La escuela y el Papa
Mucha gente insiste en las partes reaccionarias del discurso papal, sin embargo, a mí no me sorprendieron lo más mínimo. Todavía recuerdo las soflamas de Woy...










