Al día siguiente del discurso del Papa en el Congreso, fue evidente que los siete minutos largos de aplausos que una amplísima mayoría de diputados dedicó al Pontífice sentaron mal a una parte significativa de periodistas y asimilados. Unos disimularon su enojo; otros no. No me extrañó. Su reacción venía predeterminada por su adscripción ideológica. Pero este mosqueo me estimuló para preguntarme el porqué de esta ovación. La pregunta no es fácil, atendida la complejidad y la polarización del Congreso y del Senado, pero intento responderla señalando dos causas de la aclamación: Dani DuchPrimera. El reconocimiento de la autoridad moral del Papa, de su credibilidad, es decir, la convicción mayoritaria de que dice lo que piensa y procura hacer lo que dice. Tan es así, que todos sabíamos, desde antes de que abriese la boca, de qué iba a hablar y lo que iba a decir sobre cada tema. Además, resultó evidente que no pretendía engañar a nadie. Dijo lo que cree y lo que piensa sobre todos los temas candentes. Y precisamente por ello, todos los partidos pudieron hacer suyos uno o varios de sus pronunciamientos. Pero esta causa, con ser importante, no es la fundamental. Hay otra más determinante. Es la que sigue.Segunda. Todos los pronunciamientos del Papa responden a la más estricta doctrina cristiana, a saber: que toda persona, como hijo de Dios, es el sujeto único e irrepetible de su propia historia, razón por la que nadie, ni por nada, puede atentar contra su vida –desde el orto hasta su ocaso– ni contra su dignidad. Lo que implica que todo, sin excepción alguna, debe ser medido y valorado por su grado de respeto a este principio. Y esta doctrina cristiana constituye el eje axial de la cultura hispánica, es decir, del acervo de ideas y creencias que han vertebrado la vida y la convivencia de los habitantes de la península Ibérica o, al menos, les han influido de una u otra forma desde hace casi dos mil años.Si el Papa tiene autoridad moral, dice cosas que se integran en el sustrato de tu cultura, y si suscribes alguna, es lógico que le aplaudasLo que el Papa decía resonaba, quieras que no, en el subconsciente de cuantos lo escuchaban, para los que todo resultaba sabido y familiar, abstracción hecha de que lo asuman con mayor o menos fervor o lo rechacen con mayor o menor hostilidad. Porque, cristianos o anticristianos, todos llevamos para siempre la huella indeleble de la cruz. Somos como el señor Jourdain, que llevaba más de cuarenta años hablando en prosa sin saberlo. Sujetándonos a la gramática o prescindiendo de ella.Que la filosofía griega, el derecho romano y la teología cristiana (la religión de Israel, decía Zubiri) son las tres columnas de la civilización occidental es la verdad pura y dura, diga lo que diga la Constitución europea. Benedicto XVI, que también nos visitó, defendía la tesis de que el cristianismo y la Ilustración –el gran momento de Europa– tienen una raíz común, ya que los valores fundamentales de la Ilustración (la dignidad humana, la igualdad entre todas las personas y sus derechos, la búsqueda de la verdad y la razón por encima de la tradición) surgieron en el seno y el ámbito de la fe cristiana. El cristianismo –insistía Ratzinger– dialogó desde el principio con la filosofía griega por considerarse la religión del logos, de la palabra, de la razón creadora. Pero también denunció el error de la modernidad al marginar a Dios en defensa de una autonomía moral absoluta. Ratzinger siempre defendió el diálogo constante entre fe y razón, para evitar que la fe caiga en el fundamentalismo y la razón en el nihilismo.La conclusión es clara. Si el Papa tiene autoridad moral, si dice cosas que te suenan porque se integran en el sustrato más profundo de tu cultura, y si suscribes alguna o algunas de ellas, es lógico que le aplaudas con calor, especialmente en un momento como el actual, en que el nivel del discurso público, no solo en España, está alcanzando unos niveles de desgarro ético, miseria intelectual y zafiedad conductual que no se sabe si causan pavor, desprecio o ambas cosas. Esta es, a mi juicio, la razón profunda de la aceptación entusiasta del discurso de León XIV en la reciente sesión conjunta del Congreso y el Senado.
¿Por qué aplaudieron tanto rato?, por Juan-José López Burniol
Al día siguiente del discurso del Papa en el Congreso, fue evidente que los siete minutos largos de aplausos que una amplísima mayoría de diputados dedicó al Pontífice sentaron mal a una parte significativa de periodistas y asimilados. Unos disimularon su enojo; otros no. No me...










