Hacía mucho tiempo que en el Congreso de los Diputados no se oía un aplauso de siete minutos y este lunes se lo llevó el único que no ha sido elegido por los ciudadanos: el Papa. El hemiciclo aplaudió de babor a estribor, de Vox a EH Bildu, con la ausencia de los parlamentarios de Podemos y del BNG, contrarios a que las Cortes de un Estado aconfesional acojan al Pontífice, aun cuando compartan parte de su discurso e incluso algunos enemigos. La sotana blanca de Robert Prevost está en la lista negra de Donald Trump, pionero, con el America first, del concepto de “prioridad nacional” con el que PP y Vox firman ahora todos sus acuerdos. Diputados y senadores escucharon bien apretaditos, codo con codo en los escaños, el discurso del Pontífice, que incluía una agenda política, como cualquiera que sube a la tribuna de oradores. Santiago Abascal, Rocío de Meer y José María Figaredo, de Vox, parecían algo nerviosos —no todos los días te riñe un papa—, pero Prevost repartió recados, guiños, reproches y asideros para todos. Dejó claro que no le gustan ni la ley del aborto ni la de eutanasia, impulsadas ambas por un gobierno socialista, pero le faltó poco para darle al botón verde del voto a favor de la regularización de inmigrantes —“Allí donde una persona es discriminada por su origen o su condición económica se vulnera el principio de la igual dignidad de todos los seres humanos”, dijo—. Pronunció palabras malditas para la extrema derecha (“crisis climática”; “multilateralismo”...), pero les concedió una frase para invocar en el hemiciclo la próxima vez que denuncien lo que llaman “adoctrinamiento”, cuando defendió “el derecho primario e inalienable de los padres a elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas”. Había aforo casi completo en la tribuna de invitados, con las ausencias anunciadas de dos expresidentes del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, en capilla antes de su declaración el próximo 17 de junio como imputado en un caso que investiga tráfico de influencias, y Felipe González. José María Aznar, reclutador de fieles para la cruzada de “el que pueda hacer que haga”, apenas aguantó unos minutos sentado junto a Mariano Rajoy. A mitad del discurso del Papa, la segunda vez que la cámara enfocó la zona de la tribuna que ocupaban los expresidentes, solo quedaba Rajoy. Fuentes de la fundación que preside, Faes, explicaron que Aznar se ausentó porque tenía un viaje y que aunque iba “muy justo de tiempo” quería estar este lunes en el Congreso, aunque solo fuera al principio. Presidentes autonómicos solo había dos, el asturiano, Adrián Barbón, y el catalán, Salvador Illa. No estaba presente Isabel Díaz Ayuso, aunque una frase del discurso del Papa bien podría estar pensada para ella. La presidenta madrileña se refirió la semana pasada a la regularización de inmigrantes como una forma de “importar pobreza”. El Pontífice ha aclarado este lunes que ninguna vida humana debe ser tratada “como mercancía”. La ocasión, primera vez que un papa visita el Congreso, reunió en la tribuna de invitados al secretario general de CC OO, Unai Sordo; la expresidenta madrileña Esperanza Aguirre o el exministro Federico Trillo, reconocido integrante del Opus Dei. Antiguos miembros de esa organización religiosa intentaron reunirse con Prevost para hablarle de la manipulación de la que dicen haber sido víctimas el tiempo que estuvieron en “la Obra”, pero fuentes conocedoras de la preparación del viaje papal explican que el programa de actividades durante la visita a España estaba ya completo. En la tribuna también se dejó ver, con su eterna bufanda roja, el omnipresente padre Ángel, quien, en ausencia del Papa, es el representante oficioso de la Iglesia en cualquier sarao de la capital. Y algo debían haberle chivado al Pontífice de lo que ocurre en el hemiciclo cuando él no está mirando, porque dedicó buena parte de su discurso a establecer que la polarización es pecado y pedir a sus señorías que cuiden el lenguaje. Entre las mismas paredes donde antes de ayer y pasado mañana se oyeron y se oirán insultos de todo tipo, de “mafioso” para arriba, Prevost lanzó un ruego al aire: háblense mejor. “Las palabras”, subrayó, “pueden abrir caminos o cerrarlos; pueden iluminar la realidad o deformarla hasta hacer imposible el encuentro. La firmeza no exige desprecio; la discrepancia no conlleva humillación (...) La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario”. El sábado, recién llegado, el Papa pidió “huir de esos enfoques identitarios que parecen aclararlo todo, pero que pueblan el mundo de fantasmas y enemigos”. Este lunes, en el saludo previo a la alocución de Prevost en el hemiciclo, la portavoz de Junts, Míriam Nogueras, ha retenido al Pontífice y, cogiéndole de la mano, le ha dicho, en inglés: “Como Gaudí, soy catalana. Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de amor y de respeto. Espero que disfrute su visita a Cataluña, mi nación”. El Papa viaja este martes a Barcelona, después de confesar que León XIV es de todos los equipos, pero que Robert Francis Prevost, es del Madrid. Esa doble condición impide que la visita al Bernabéu de esta tarde compute como bendición para Florentino Pérez, recién reelegido presidente del club blanco. Eso sí, al abandonar el Congreso tras pisar la alfombra roja de las grandes ocasiones y atravesar un pasillo de sotanas, plumas y corbatas, aguardaba un numeroso grupo de admiradores, y el Pontífice, al contrario que esos futbolistas que suben al bus con auriculares y sin mirar atrás, ha rechazado la puerta del coche que le ofrecían para huir y se ha acercado a chocar manos y posar para los selfis. Corina, hondureña de origen, no llegó a tiempo, pero espera resarcirse esta tarde en el acto del Papa en el estadio del Madrid. “Tengo 62 años y lloré mucho cuando llegué a este país. A mis hijos siempre les digo: ‘Ustedes no han sufrido lo que yo he sufrido”, explica. “Ahora pretenden meternos a todos en el mismo saco, pero la mayoría de los que venimos somos gente noble. Me gusta el discurso del Papa sobre los inmigrantes. Él lo fue durante muchos años. Y se nota”.