El BCE acaba de matar moscas a perdigones —nada de cañonazos—, ejercicio poco glorioso. Mosca es el temor a una inflación en la eurozona nada enorme (3,2% en mayo, un punto menos que en EE UU, y sólo dos décimas más que en abril) y sustentada en un aumento modesto de los precios del petróleo (por debajo de 100 euros el barril de brent).Perdigón es el alza del tipo de interés discretísimo —un cuartillo, el 0,25%, lo menos que se despacha—: si la percepción fuera dramática, lo propio era subir medio. Pero no hubo caso. Se redujo a micro-signo de combatir una inflación también exigua. Una cacería ni convincente ni convencida. De trámite, para evitar críticas por pasividad ante un desastre en Oriente Próximo… que pocos prevén inmediato.Todo queda pues entre patético y surrealista. Pero al menos, no es grave ni demasiado para el personal: el encarecimiento del dinero de créditos a empresas y de hipotecas a los jóvenes es acotado. Y sin indicación de que vaya a tener continuidad.Al inicio de la guerra de Irán, la Agencia Internacional de la Energía dramatizó. Afirmó que era una crisis energética “más grave que las de 1973 y 1979 [las petrolíferas] y la de 2022 [invasión de Ucrania] juntas”. Pues no ha sido así. Y no ha matizado, exagerar es gratis.No ha habido catástrofe porque el petróleo, que afrontó la guerra a unos 70 dólares el barril el 28 de febrero, tuvo su pico en 114, al cierre del 30 de abril. Luego se situó por debajo de los 100. Y esta semana de retorno, y rápida contraorden, a los bombardeos histéricos —malos para las expectativas de paz— por encima de los 93, y cerró el jueves ligeramente por debajo de los 89.Y es que se ha evitado lo peor. Porque el bloqueo naval de Irán va siendo sorteado de múltiples formas (barcos de bandera incierta, navegación en la sombra); la liberación de reservas; la reducción de inventarios; la reducción de importaciones de China; y las elusiones parciales de las sanciones del crudo ruso. Con interrupciones episódicas, como la actual, de la relativa bonanza.Pero el peor momento no es ahora; lo será en todo caso a partir de julio/agosto si la tensión empeora, según distintos pronósticos. La reciente previsión de primavera de la Comisión (a 31 de mayo) auguró un crecimiento asténico, del 0,9% para todo el año. Y la última del Peterson Institute auguraba que en el caso de agravarse la reducción del suministro entre uno y tres años, EE UU lo notaría poco (menos 1,18 puntos de PIB); China, bastante (menos 2,53) y Europa, a mitad (menos 1,58), aunque lo suficiente para condenarla a recesión. Pero solo en caso de agravamiento.Y el propio BCE en su Informe de Estabilidad Financiera (27/5/2026) reconocía que el pico reciente era temporal y los niveles se han moderado en la mayor parte de los mercados: solo “un choque energético más persistente” acarrearía peores daños.Con parecida prudencia, el banco concluía el jueves que la inflación energética solo se transmitirá “en cierta medida” a la general; que todo dependerá de si se produce una “escalada de sus efectos indirectos y de segunda ronda” (reivindicaciones salariales), por ahora no oteados; y en suma, en condicional lejano, de que la inflación “crezca más y más directamente de lo esperado”.Así que no preanuncia otra próxima subida. Piedad para tanta trivialidad, tan escasa convicción y tantas ganas de conservar la “credibilidad” de la institución, como si esta se basara en la testosterona monetaria: endurecer tipos esté justificado o no.No lo estaba ni está (al menos por ahora). Porque aunque los banqueros centrales se arrepientan de haber tardado en endurecer su política cuando la invasión de Ucrania, nada es (insistamos: de momento) comparable: el alza de precios del petróleo es relativa y apenas se desparrama a otros productos y servicios; la base de partida eran los tipos cero, y ahora era muy superior (el 2%); y sobre todo, el problema de la economía europea no son los precios, sino su crecimiento asmático. Que Fráncfort volverá a empeorar. Por suerte, en dosis homeopáticas en vez de guerreras. Qué escaso consuelo.