La reunión que ayer mantuvo el Consejo de Gobierno del BCE había suscitado un debate entre los economistas que no tuvo lugar para la institución monetaria. El mercado ya daba por descontada la subida de tipos que se acordó, de 25 puntos básicos, pero entre los expertos hay quien advertía del riesgo de que subir los tipos ahora pudiera ser un error, un sacrificio excesivo a costa del crecimiento en defensa del control de precios. Muchos han recordado estos días las alzas decididas por Jean-Claude Trichet en 2008, justo antes de la quiebra de Lehman Brothers, y en 2011, en los inicios de la crisis de deuda soberana. Pero el BCE tiene claro que el alza de tipos es ahora necesaria, sin contemplar otras opciones. Christine Lagarde defendió que la inflación ya se está transmitiendo a los alimentos y a los servicios y argumentó que la subida de tipos es necesaria incluso ante un escenario más benigno que el actual, ante un final del conflicto en Irán que abarate el precio de la energía. Con la experiencia de la pandemia, la guerra de Ucrania o la de Irán, el banco es consciente de que el entorno económico puede cambiar en cualquier momento, a mejor o a peor: “Las perspectivas económicas para la zona del euro siguen siendo muy inciertas en el contexto de la guerra en Oriente Próximo, el cierre del estrecho de Ormuz y la elevada volatilidad de los precios del petróleo”. Por ello, además del escenario base en el que se justifica la subida de tipos de este jueves, la institución maneja otros tres escenarios: dos negativos (adverso y severo, el peor) y uno positivo, denominado suave, que no se contempló en las previsiones anteriores, de marzo. En este supuesto, el brent ya caería a los 88 dólares en el cuarto trimestre de este año. Bajo este escenario, en 2026 el crecimiento quedaría en el 0,8% y la inflación en el 2,9%, desinflándose al 1,8% en 2027 (frente al IPC del 2,3% que ahora espera el BCE para el año próximo). Pero también bajo estos parámetros, según Lagarde, encaja un precio del dinero en el 2,25%. Se trata, defiende, de un alza de tipos “robusta” y en ningún modo preventiva, un alza todo terreno. “El principal riesgo sería no tomar este tipo de decisiones. Si dejas a la inflación avanzar sin control, es más difícil hacerla retroceder luego hasta el objetivo. La decisión correcta es subir los tipos”, aseguró. La subida se justifica más, obviamente, en el escenario que maneja el BCE, que ha elevado su previsión de inflación para este año del 2,6% al 3% y recortado la de crecimiento, una décima menos que en las previsiones de marzo. En ese escenario base, el BCE no es complaciente con el precio del petróleo. Prevé de media este año un brent en los 96,9 dólares el barril; de 82,2 dólares en 2027 y de 77,1 en 2028. “En comparación con marzo, los expertos han revisado al alza su previsión de referencia para la inflación en 2026 y 2027 debido a una trayectoria al alza de los precios de la energía, lo que, en cierta medida, se espera que repercuta en la inflación de los alimentos, los bienes y los servicios”, reconoce el BCE. En definitiva, el aumento del precio de la energía causado por la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz está calando en el conjunto de la economía y, si bien Lagarde aseguró que aún no hay efectos de segunda ronda —como el alza en los salarios—, la presión inflacionista está ahí y puede ir a más. Lagarde ha rechazado dar pistas sobre próximos movimientos de los tipos de interés, a pesar de que el mercado espera al menos una subida más en septiembre. El BCE se seguirá ciñendo a los datos disponibles reunión a reunión, aunque sí maneja escenarios en los que la guerra extiende su duración, con más inflación y menos crecimiento. No en vano, el conflicto de Irán está durando más de lo imaginado, empezando por quienes lo desencadenaron, Estados Unidos e Israel. Y las instituciones económicas advierten con sus previsiones de la elevada factura que supone su prolongación. El banco que preside Lagarde contempla un escenario adverso en el que el precio del brent se dispara a los 122 dólares el barril (los máximos que ha marcado durante la guerra) y el gas a los 60 euros el megavatio (ahora está en torno a 50). En tal caso, el año acabaría con una inflación del 3,3% y el PIB encogería al 0,7%, mientras que los precios aún crecerían al 3% en 2027, con un alza del PIB del 0,9%. Pero el horizonte aún podría oscurecerse más, según recoge el escenario más severo que maneja el BCE: un petróleo desbordado en los 166 dólares el barril y el gas en los 98 euros en este tercer trimestre. Es lo que podría suceder si hay una escalada en la guerra en Oriente Próximo, que no solo dispararía aún más el coste de la energía sino que provocaría, según avisa el BCE, un reajuste de precios en los mercados financieros —en definitiva, una oleada de ventas—, un peligros aumento de los diferenciales de deuda (40 puntos básicos) y el consiguiente impacto en el consumo privado, la inversión y el comercio.En ese escenario más severo, la inflación energética se desbordaría el 30% en el último trimestre de este año, creando un arrollador efecto en cadena. El IPC de la zona euro alcanzaría un pico del 6,3% en el primer trimestre de 2027; la de los alimentos tocaría máximos en el 8,9% en el segundo trimestre de 2027 y la zona euro rozaría la recesión este año, con una contracción del 0,4% en el tercer trimestre y un crecimiento nulo en el cuarto trimestre. Con un conflicto en Oriente Próximo desbocado, y escasez extrema en el combustible para aviones, el transporte aéreo podría reducirse en un 50%. “Durante la pandemia de COVID-19 se observó una caída del 50% en el transporte aéreo mundial. Si bien es menos probable que se produzca una reducción similar como consecuencia de la crisis actual, el análisis de sensibilidad pone de relieve la vulnerabilidad ante un evento extremo como este”, concluye el BCE.
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