Leer la encíclica del papa León XIV, o escucharlo hablar en alguna de las intervenciones de su viaje a España, se está convirtiendo en un ejercicio de solaz para buena parte de la izquierda española. Lejos de la vivencia de cuarenta años dictatoriales de nacionalcatolicismo, y desencantada de una política institucional que, por distintas razones, no cumple las expectativas creadas, algunos sectores del electorado progresista encuentran un salvavidas moral en la palabra del pontífice, independientemente de que se sea cristiano practicante. Esto es así porque el alto cargo eclesiástico se sitúa fuera de la contaminación verbosa y el juego de promesas y decepciones que a menudo desgasta la lógica partidista: no tiene oposición en sentido estricto (no en un parlamento); su poder no lo conceden las urnas; y la dinámica perversa de la exposición mediática no le perjudica. Pero, especialmente, su legitimidad consiste en haberse alzado como la voz de la cordura en oposición directa a Trump, con propuestas que recuperan el humanismo en mitad de una crisis general del sentido propiciada por el vaciamiento del lenguaje. Pedir "diálogo con los demás, y con el Otro, con mayúsculas" dentro un clima de enfrentamiento constante desde tu vecindario a las redes anti-sociales, pasando por la política exterior estadounidense, suena a una razón utópica que algunos creyeron defenestrada y, en su voz, nace renovada. No se trata de que no existan personas que hayan dicho lo mismo en clave laica, sino de que él argumenta a partir de una autoridad de cariz transcendente allá donde la autoridad parecía un caso perdido.PublicidadExigir socializar la IA y sacarla de su militarismo, también el cognitivo, arremetiendo contra el oligopolio que la controla; apostar por la cultura y la educación mientras el mundo se torna caldo de cultivo para la Contra-Ilustración; o demandar que se cumpla el derecho internacional y continúe la senda del multilateralismo que su país de origen desvirtúa cada día suponen logros discursivos de gran calado. Dios, parece afirmar, no ha muerto, sino que está poniéndose del lado correcto de la Historia, y lo hace predicando contra males tan actuales como destructivos. Su rechazo de las políticas identitarias abarca a quien utiliza la identidad como arma que arrojar al débil, tal es el caso del patrioterismo anti-inmigración abrazado por la ultraderecha: "Ahí donde una persona es discriminada por su origen nacional, étnico, religioso o lingüístico, o por su condición económica y social, se vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos". Respecto al ecologismo, que en España no cuenta con un partido propio (apenas unas líneas esbozadas en algunas formaciones del ala progresista), León XIV sigue insistiendo en defender "la casa común", como lo hacía su predecesor, el papa Francisco. Con esa atención a la amenaza que supone la emergencia ecológica, pero también a la riqueza inconmensurable que representa la Tierra en su complejidad biológica, se opone al negacionismo, a la criminalización de la protesta climática, y a la aceleración extractivista que fomenta nuestro sistema económico. Todo ello con un discurso sencillo, pero que contiene capas y capas de pensamiento filosófico y una mirada incisiva al discurrir contemporáneo.Aquello que solían asegurar de Trump quienes alababan su mensaje sin aristas –"lo dice tal cual es"– podría aplicarse también a este papa, pero desde el ángulo opuesto del espectro ideológico. "Tal cual es", con su señalamiento explícito de los comportamientos antidemocráticos que guían a la élite tecnológica, la cual no se conforma con ejercer de mero lobby empresarial, sino que teoriza su visión del mundo hacia nociones post-humanistas que buscan destituir a nuestra especie, mandarla a Marte, privarla de conocimiento y afectos. En este sentido, es interesante su reiteración de un concepto tan vapuleado como la verdad: para la Iglesia, ésta constituye una revelación divina, pero, en el contexto en que la enmarca Prevost, bien podría interpretarse como las antípodas de una posverdad que va arrasando los consensos sociales mediante la acción de los medios de comunicación y sus fakes news, fenómenos como la viralización en redes, y las no pocas mentiras desplegadas por distintos representantes políticos. Mencionar la verdad, para que a través de ella permee un "mensaje de paz" que encuentre "acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas" es navegar a contracorriente de los tiempos oscuros con la conciencia total de su funcionamiento. Por esa lucidez, no es de extrañar que su palabra resulte atractiva para un sector de la izquierda que contempla atónito las derivas históricas y la insuficiencia de sus líderes a la hora de detenerlas.A pesar de los errores que han caracterizado a la Iglesia católica –algunos de los cuales está intentando reparar: León XIV se ha reunido con víctimas de abusos sexuales–, quizá ahora emite una luz extraña, a la que nos habíamos desacostumbrado a lo largo de varias décadas de oscurantismo neoliberal. El mérito, pues, no se halla tanto en su florecimiento como en el contraste con el páramo yermo. Si ya no nos quedan intelectuales orgánicos, ni activistas capaces de reunir a las masas –tipo Martin Luther King– en torno a sus postulados, y nuestras celebrities lo mismo espetan "Fuck Vox" que te cantan chicken-teriyaki, pues alguien tendrá que decirlo tal cual es y, esta vez, porta una cruz en el pecho.
La izquierda que adora al papa
Dios, parece afirmar el papa, no ha muerto, sino que está poniéndose del lado correcto de la Historia, y predica contra males tan actuales como destructivos...











