León XIV ha hablado en el Parlamento español, los diputados le han escuchado y aplaudido y la mayoría se han quedado como estaban, agarrándose a lo que les conviene y descartando lo que choca frontalmente con su ideario y programa electoral. El pontífice comenzó su discurso reconociendo “la autonomía de las realidades terrenas” y la “distinción entre comunidad eclesial y comunidad política”, lo que sentó bien entre los partidarios de una separación nítida entre Iglesia y Estado. Pero seguidamente se sacó de la manga una metáfora con el lucernario del Congreso para reflexionar sobre la inspiración divina que debería guiar a los legisladores y de ahí saltó a una defensa de las raíces cristianas de Europa. Un poco para unos, un poco para otros, y todos contentos.
El Papa, como era de esperar -y sorprende a un total de cero personas- se mostró contrario tanto al aborto como a la eutanasia (diría que en el mismo saco va la pena de muerte) por el valor sagrado que la Iglesia otorga a cualquier vida desde el momento de su concepción hasta su muerte natural. De modo que es la izquierda laica la que debe separar lo religioso de lo político en ciertos temas de derechos, especialmente los que afectan a las mujeres. Uno de los grandes problemas de la Iglesia Católica es su consideración del papel de las mujeres tanto dentro de su seno como en la sociedad. De este tema, León XIV no ha dicho nada a pesar de su propensión a abordar temas espinosos para la Iglesia, como los abusos sexuales. Tampoco se hablará en este viaje, ni siquiera desde la izquierda, de los privilegios terrenales y económicos de la Iglesia Católica, reivindicaciones relegadas con el paso del tiempo y el auge de la nueva mística Hakuna style.










