Las campanas al vuelo y un bombardeo de helicópteros en el cielo: Robert Prevost está llegando a Santa Cruz de Tenerife y la gente corre por las calles para acercarse al recorrido del papamóvil. En un banco de la calle, un hombre fuma tranquilo. No es fácil este viernes encontrar a alguien como Aaron Santana, echando humo a la sombra, ajeno al tránsito enloquecido. No es fácil encontrar a alguien que no tenga un motivo para acercarse a la ruta del Papa, por devoción, porque es un día histórico, por curiosidad, porque esto pasa solo una vez en la vida, porque el hombre es campechano o porque la televisión les ha metido el gusanillo en el cuerpo. El obispo de Roma es el Bad Bunny de Santa Cruz. Pero Aaron Santana es ateo y director financiero, tiene 42 años y para él escuchar al Papa es lo mismo que oír un discurso “de esa señora que está pasando por ahí”, señala la acera. ¿Pero toda esa gente que está corriendo para acercarse al papamóvil? “Este es un mundo de borregos”, dice. Fuma tranquilo. El Papa ha iniciado el último día de su visita a España en el centro de primeras llegadas de Las Raíces, al norte de la isla tinerfeña, un campamento donde se alinean hileras de carpas para alojar a los migrantes que acaban de arribar a las Canarias por alguna de sus costas, un lugar que ha pasado sonadas crisis por el hacinamiento de personas, pero que ahora pasa un desahogo debido a la reducción de las entradas de cayucos a las islas. Ahí pernoctan estos días 683 hombres llegados de varios países de África. Las nieblas de la mañana no dejan ver el sol y los aviones del cercano aeropuerto despegan con un ruido infernal sin que se les vea. ¿Cómo serán las noches? ¿Cómo puede dormir esta gente?, se preguntan las decenas de periodistas que cubren el viaje del Papa por tierras Canarias. “Frías”, responde Samba Ndow, un muchacho gambiano de 15 años que está solito en uno de los bancos de madera. En esas noches, Samba piensa en jugar al fútbol, para eso se embarcó hacia España el mes de abril en una patera en la que estuvo siete días: “Seven days”. El Papa ha llegado a Las Raíces con un discurso en francés, el idioma que hablan muchos de ellos. “Bonjour”, les dice. Y todos, musulmanes la mayoría, le responden alzando los móviles: “Bonjour”. Les habla de nuevo de su dignidad, el mensaje más repetido del Pontífice por tierras españolas, un abrazo a la inmigración, siempre maltratada y ahora, con la ultraderecha rampante, a voz en grito. Los inmigrantes son palabras mayores en Canarias. ¿Católicos? Sí. ¿Creyentes? ¿De izquierdas? ¿De derechas? Sí, sí y sí, pero la inmigración es otro cantar. “Es que esto es una isla, ¿comprenden ustedes? No cabemos más, estamos saturados. No estoy hablando en negativo, es que es así”, dice Ana Mendoza, una sobrecargo de Iberia jubilada que pasea a su perro por el parque. Ha pasado 40 años en el cielo y ahora quiere ver al Papa en la tierra, “pero no acaba de llegar”, se queja sonriente ante el retraso de la comitiva. Lo que dice esta mujer que lleva a su perro con un arnés de la bandera de España no difiere mucho de lo que diría cualquiera. No, desde luego, de lo que cuentan Antonio y Mili, dueños de un quiosco en Santa Cruz. Y tratan de explicarse para que se les entienda bien, es decir, sin que se les acuse de racismo o xenofobia: “Que esto no es una cuestión de si son negros o blancos, que entre ellos hay gente muy buena y que son pobres, sí, pero que el problema no está en Canarias, está en África, en el origen es donde hay que ayudar, allí es donde hay que gastar el dinero”, explican. “Y muchos piensan igual, pero no lo dicen, hoy en día decir cualquier cosa...” ¿El Papa? “Cierro ahora el quiosco y me voy a verle, somos católicos y nos gusta que haga el bien, pero lo de los migrantes… bastante tenemos ya… que está bien que él venga a verlo a pie de calle, pero que nosotros ya lo conocemos, se ha repetido un poco, ¿no? Podría haber ido a hospitales, a centros de mayores, que pobres hay muchos…”, dice Mili. Y Antonio se esfuerza por remarcar que no quiere pasar por racista, que comprende que son necesitados, “pero se ha creado una situación...”. “Está bien que el Papa mire por ellos, pero bastante tenemos con los nuestros, que aquí se monta una en el carnaval que da miedo”, explican ambos. “La solución no está aquí, está en los países de origen”, dirá también un vecino de los quiosqueros, Emiliano Alonso, de 79 años, un hombre comedido que habla de “un problema complejo”. Católico, como los demás, de misa dominguera, se queja de que los africanos llegan engañados por las mafias ­–“y por el Gobierno, apostilla Antonio”- y total, “para qué traerlos, si luego hay que deportarlos”, dice el hombre. El Papa, en todo caso, es “abierto”, según Emiliano y según Carlos González, que regenta una tienda de numismática y filatelia, probablemente la última de Canarias, presume, dos calles más arriba. Si el Papa no tuviera un decir suave —deben enseñarlo en las academias papales—, se podría afirmar que Robert Prevost se ha desgañitado estos días a favor del humanitarismo que debe presidir el trato con los migrantes, pero eso no acaba de convencer a los católicos en un territorio que recibe miles de extranjeros al año. “Es un problema de Europa”, señalan todos. En las crisis —como las llaman— que ha experimentado Canarias con las llegadas de inmigrantes a las islas, se han visto escenas de terror, también de solidaridad. Pero será difícil, acaso imposible, que la presencia histórica de un Papa en este lugar cambie el parecer de sus habitantes, así sean católicos como ateos, generosos o desconfiados, así en la tierra si no en el cielo. El banco frío y solitario de Samba, el chico de 15 años que sueña con el fútbol, se va llenando con otros jóvenes africanos que salen de sus carpas para ver al Papa, ese señor de blanco, líder de los católicos, que hoy ha venido a visitarlos a Las Raíces, musulmanes ellos. La policía les pasa por todo el cuerpo, brazos en cruz, la raqueta que detecta mecheros, navajas y otros metales, y les encamina hacia la explanada donde verán a León XIV por primera y última vez en su vida. “Is a big guy”, o sea, “es un gran tipo, un tío grande”, dice otro muchacho, también con gorro para el frío. En el mismo escenario, la ministra de Migraciones, Elma Saiz, dedica también a la migración un discurso humanitario que reconoce errores y carencias. Todos la miran, no saben español apenas y después, cuando el Papa cierra el acto y se despide, camino de Santa Cruz, alzan los móviles, es un día especial, quién sabe por qué. En la capital tinerfeña tañen las campanas. Los helicópteros sobrevuelan el cielo despejado con su zumbido de aspas. El Papa dice adiós a las islas Canarias.