“No podemos acostumbrarnos a contar muertos. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera”. Después de la apoteósica despedida de Barcelona, con una bendición de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia que tardará tiempo en borrarse de nuestras retinas, el Papa León XIV aterrizó en Gran Canaria, en la penúltima etapa de su histórico viaje a España. Y lo hizo con un llamamiento a señalar la auténtica prioridad nacional, prioridad global, la de la acogida. “Quiero inclinarme ante su dignidad”.

Acompañado por el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, el primer pontífice que pisa suelo canario visitó el tantas veces denominado 'muelle de la vergüenza', y que la Iglesia quiere convertir en un 'muelle de la esperanza'. Después, el Papa se dirigió al camarín de la Virgen del Carmelo para bendecir una cruz realizada con madera de una embarcación de migrantes. Después, León XIV depositó un ramo de flores en memoria de las víctimas de la migración en el mar. “Europa no puede acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas” proclamó, visiblemente emocionado,

“No son números ni expedientes. Son personas con una familia y una casa dejada atrás”, clamó el Papa, tras escuchar los testimonios de trabajadores y de migrantes. Entre ellos, el de una mujer, Blessing, que no mostró su rostro, sino únicamente su voz, como víctima de la trata de personas. “Ustedes son personas con una familia y una casa dejada atrás; con sueños que nadie tiene derecho a despreciar. Pero también quiero decirles que su vida debe ser protegida. No entreguen su existencia a quienes comercian con ella. No les crean a quienes prometen paraísos fáciles a cambio de su cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. Esas falsas promesas son ”cantos de sirenas“”, subrayó en su respuesta a la mujer.