Las costas canarias, tan acostumbradas a ver desgracias que llegan del mar en cayuco, recibieron este jueves un soplo de alivio vestido de blanco. Hasta el muelle de Arguineguín (Gran Canaria) se acercó el Papa y ni el sol que caía como plomo líquido le robó protagonismo. Algo más de 2.000 personas recibieron del Pontífice un espaldarazo a la labor humanitaria que desempeñan día a día, sin desmayo y sin recursos para atender a los inmigrantes que llegan con miedo, con hambre y con frío por la vía Atlántica, una de las más mortales, que siempre tiene en guardia a los servicios de rescate. Robert Prevost les habló de dignidad y les alertó contra la “industria de la muerte”, mafias y traficantes que se llevan por delante cientos de vidas. Los años han ido tejiendo una enorme red social, civil y religiosa en estas islas españolas en las que abundan las madres de acogida, familias enteras que se encargan de los migrantes, muchos de ellos menores de edad, para guiarlos con sus trámites jurídicos, administrativos, educativos y para sacarles de excursión si llega el caso. En lo que va de año, los cayucos han dejado en Canarias más de 3.200 africanos que huyen de Malí, de Senegal, de Mauritania, Marruecos. Esos son los que tienen suerte. Los que se quedan en el “cementerio sin tumbas” en que se han convertido los mares europeos, como dijo el Papa, superaron los 3.000 el año pasado, según los cálculos más pesimistas de algunas organizaciones. En 2020, el muelle de Arguineguín recibió oleadas consecutivas de cayucos que dejaron varadas alrededor de 2.000 personas en plena pandemia de coronavirus: hacinados, durmiendo en el suelo, sin condiciones higiénicas, casi sin nada. “Llegan despojados de todo, pero nunca, nunca, de su dignidad”, recordó el Pontífice frente a una cruz cristiana hecha con restos de las míseras barcas en las que llegan. Aquel episodio bautizó aquel muelle como el de la vergüenza. Los congregados para ver al Papa quieren ahora resignificarlo, en la esperanza de que la visita del líder de la Iglesia católica cambie las cosas. ¿Van a cambiar? “Ojalá, ojalá, pero en todo caso, necesitábamos esa voz autorizada que ponga la mirada en la dignidad humana, que se tenga en cuenta por qué vienen, el dolor de antes y de durante”, decía Fefi Valerón, una de esas madres de acogida que se hizo cargo de la suerte de Ousmane Ndiaye, un muchacho senegalés que arribó a aquel muelle en 2020. “Soy pescador, no tuve miedo entonces, ahora quiero quedarme en Canarias cinco años más, me gusta la temperatura, no quiero frío”, dice entre risas. Curiosamente, el calor también se lo da el Papa, a él, que es musulmán, pero que derriba con un sencillo discurso ecuménico las barreras religiosas: “El Papa también trabaja para Dios y si yo creo en Dios… en mi país, mis vecinos eran cristianos, y había diálogo. La realidad es que todos somos iguales, por eso quiero hablar con él”. Si lo consiguió o no, solo dios lo sabe. Ousmane es ahora un joven de 24 años que trabaja en hoteles con la basura y la ropa sucia y que tiene la esperanza intacta en que la visita de un Papa cambia realidades. Su madre de acogida no está tan segura, viendo lo que ve en la calle: “¿Que entre los católicos hay racistas y votantes de [la ultraderecha de] Vox? Claramente. Y esos no van a cambiar su discurso porque haya venido el Papa. Siguen en el rechazo, es un problemón, los cristianos deben volver a leer el evangelio”, sugiere Valerón detrás de unas gafas de sol redondas. Y todavía se acuerda de aquel triste 2020 en el puerto, cuando ella sostenía una pancarta que rogaba humanidad con los migrantes: “Si tanto te gustan, llévatelos a tu casa”, le gritaban algunos vecinos, la misma consigna que se escupe hoy en cientos de manifestaciones racistas por toda España. “La sensibilización es más fácil entre la gente de fuera que entre las que están en las parroquias”, dice con la seguridad de quien conoce el percal. Los que ayudan, desde fuera o dentro de las iglesias, estaban este jueves congregados bajo el sol impenitente de Arguineguín. De otros pelajes se reunieron en la catedral y después en la misa celebrada en el estadio de fútbol de Las Palmas. Para alguno de ellos, la llegada del Papa a Canarias solo es un efecto llamada. En ese clamoroso contraste se dividen hoy los católicos. El Papa es de todos, pero a quién tienen de su lado los migrantes. Cruz Roja, Cáritas, Cruz Blanca, Salvamento Marítimo, Guardia Civil, policías, para todos ellos tuvo palabras el obispo de Roma, consciente de las muertes que estas gentes evitan en mar y tierra. Fatu Cámara, de 23 años, entró a Canarias embarazada y con el cuerpo lacerado. Hoy, una voluntaria carga en brazos a Mamaisata, la niña de cuatro meses que nació cuando su madre apenas había curado las llagas del viaje en patera desde Senegal. Le acunan a la criatura mientras la mujer se prepara para el homenaje religioso en el muelle, donde tirará flores al agua por los que no alcanzaron la costa, lo mismo que hizo el Papa. ¿Van a cambiar las cosas, Fatu? “Puede ser”, dice en francés. Solo lleva cuatro meses en las islas. Ella ya ha encontrado a sus “ángeles de la guarda”. Así llamó el obispo de la diócesis de Canarias, José Mazuelos Pérez, a todos esos que cuidan a los migrantes, pendulando de la esperanza a la desesperanza, que va y viene como el oleaje del océano. Entre el público, Óscar Camps, el activista y fundador de Open Arms, la ONG de rescate humanitario que este jueves atraca su barco en Canarias para escuchar al Papa. Ya tendría que haber salido hacia Cuba con su carga energética para un hospital pediátrico en la isla caribeña, pero ha prolongado un poco la estancia: “Creo que el Papa ha sido incisivo reclamando vidas dignas y seguras”, dice cuando ya Prevost está camino de la catedral. “Hereda el viaje que no hizo Francisco y su discurso también. Quizá le ha faltado un poco de punch, porque lo que estamos viviendo en Europa es de muy poca dignidad, el Atlántico es un genocidio estructural”, afirma, y se alegra de la mención del Pontífice al problema de origen, a esos países donde debe llegar “la cooperación y la paz”, dice Camps. Él también estuvo en Arguineguín aquel 2020: “Se peleaban por un palmo de sombra y se daban conatos de violencia y malestar”, recuerda. Pide a la sociedad civil un cambio profundo que arrastre con él a los políticos “que hoy se colocan oportunamente en las primeras filas de sillas frente al Papa. Cinismo puro”. Para los políticos tuvo también palabras exigentes el Papa, pero no dejó atrás a la Iglesia, que tiene dos caras bien visibles: “La Iglesia no puede permanecer muda [ante la desgracia de los migrantes]”, dijo. Los muchos religiosos que tenía entonces delante son la cara más solidaria y compasiva de su Iglesia. Lo demás fueron misas.
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