Santiago Abascal se acostumbró a llamar ‘ciudadano Bergoglio’ al Papa Francisco cuando denunciaba, desde Lampedusa o Lesbos, las políticas antiinmigración que convirtieron el Mediterráneo en el “mayor cementerio de Europa”. Y es que las relaciones de la ultraderecha con el Vaticano durante el pontificado de Francisco estuvieron a punto de romperse en varias ocasiones, dada la bendita costumbre del Papa argentino de denunciar la “cultura del descarte”, recordar que “todos fuimos refugiados” y llamar “genocidio” a la masacre israelí en Gaza.
Una brecha que se agudizó a cuenta del papel protagónico de instituciones de la Iglesia católica en la regularización extraordinaria de migrantes, o las críticas episcopales a la ‘caza al moro’ de Torre Pacheco. El líder de Vox, enardecido, llegó a acusar a los obispos de callar ante la “invasión musulmana” para no perder los privilegios económicos (incluso llegó a sugerir un trato de favor en los casos de pederastia) de los que disfruta la Iglesia.
Los obispos también se mostraron críticos con la “prioridad nacional” impuesta por Vox al PP en aquellas regiones donde los populares no lograron alcanzar mayoría absoluta, y necesitaban a la ultraderecha para formar gobiernos. El portavoz de la CEE, César García Magán, confrontaba la “prioridad del Evangelio” frente. La réplica de Abascal fue contundente: “Nunca se atreve a criticar al gobierno mafioso. Porque el gobierno le proporciona su negocio con la invasión. Y esa es su prioridad: el negocio. Y el desprecio profundo a los españoles que quieren defender su patria”.














