Cuando la Sagrada Família era apenas una cripta y un ábside entre solares, sin ninguna de las torres que hoy la proyectan al cielo de Barcelona, el poeta Joan Maragall –abuelo del exalcalde Pasqual– se desvivía para conseguir financiación para las obras. Amigo y admirador de Antoni Gaudí, predecía con sarcasmo el día que el arquitecto saldría a la calle a pedir limosna ante la caída de donativos de la burguesía local.

“He aquí que ahora la obra del templo va a quedar paralizada”, se lamentaba en 1905. “¿No sentís correr por vuestras venas el terror de los presentimientos? ¿O es que no la sabíais, esa solidaridad? No la sabíais, no. Vuestra solidaridad está todavía con el templete y con el palacete y con toda la idealidad mezquina, y con toda piedad pequeña”, regañaba el escritor a unos lectores a los que afeaba falta de ambición.

Tras 144 años en construcción, y a falta de una década para su prevista culminación, el Templo Expiatorio de la Sagrada Família sigue sin seducir a todos los barceloneses. Los debates arquitectónicos que han rodeado la obra, su complicado encaje urbanístico en la malla del Eixample o la actual masificación turística condicionan la relación de la basílica, admirada en todo el mundo, con los habitantes de la ciudad.