Barcelona y la Sagrada Familia son dos grandes marcas internacionales que durante décadas han vivido de espaldas. Y, cuando se han relacionado, ha sido por debates o choques que han llegado incluso a los tribunales. Los barceloneses que admiran y presumen de Antoni Gaudí por herencias como La Pedrera o el Park Güell, no han mostrado demasiado interés en la basílica. La excepción han sido manifiestos de colectivos profesionales. En 1965, un centenar de reconocidos arquitectos e intelectuales pidieron que las obras no continuaran. Se cuestionó de nuevo en los 70 y en los 90. En una ciudad donde se debate sobre cada baldosa, los decibelios se dispararon y volvieron a bajar. Hasta que hace 15 o 20 años estalló en la cara de vecinos y políticos el impacto del turismo entorno al templo. El debate dejó de ser el manido si la obra de Antoni Gaudí era bonita o fea y si debía seguir adelante. La presión de los visitantes había alterado severamente la movilidad, el comercio y la vivienda de un barrio donde hay edificios de vecinos a 20 metros del templo. La Sagrada Familia se ha convertido en un canario de mina del turismo masivo y los conflictos que plantea: cómo resolver la movilidad, el uso intensivo del espacio público, la destrucción de tejido vecinal, la expulsión de vecinos o el coste de la vivienda. Hace 15 años, una encuesta de la propia Junta Constructora del Templo reveló que solo el 10% de los barceloneses había entrado en la basílica. Una cifra que contrasta con que el 90% de los turistas de la ciudad la visitan (pagando entrada o desde la calle). Hay un antes y un después en la consideración sobre la basílica entre quienes solo la han visto desde el exterior y quienes han entrado en el interior.El templo que dibujó Antoni Gaudí ha crecido hasta hace poco ajeno a su entorno. De los 144 años de obras hasta convertirse en el más alto del mundo, durante 133 lo hizo sin licencia. Nadie se la pidió a la Junta Constructora hasta los comunes de Ada Colau en 2017. Ahora, cuando pase el centenario de la muerte de Gaudí y la visita del papa León XIV, se abrirá el siguiente gran melón. Si se ejecuta la escalinata de la fachada de la Gloria sobre la calle de Mallorca y el espacio público que prevé el plan urbanístico metropolitano, que supondría derribar edificios de vivienda y que afectaría a entre 200 y 1.000 vecinos. Conscientes de la distancia con la ciudadanía que reveló la encuesta de 2011, los responsables del templo llevan unos años intentándolo acercar con visitas escolares, de colegios profesionales y jornadas de puertas abiertas. Pero no hay descuentos para los barceloneses.Existe otra paradoja sobre la Sagrada Familia: se financia esencialmente con las entradas que pagan los turistas. Aunque es un templo expiatorio (para expiar pecados) comenzó a cobrar entrada después de los Juegos Olímpicos de 1992. El año pasado se rozaron los cinco millones de personas, que aportaron el 97% de los 134 millones de ingresos. En la calle, sin entrar, hay otros 13 millones de visitantes, más del triple, con cifras del Ayuntamiento. Arquitectura aparte, de la Sagrada Familia es singular que está construida sobre un cuadrado de 100 por 100 metros: ocupa solo una manzana entre las 800 del Eixample que dibujó Ildefons Cerdà. Está insertada en la trama urbana, con edificios en la acera de enfrente. No hay espacio para diluir la presión de los visitantes del que sí disponen otros iconos como la Torre Eiffel de París, el Coliseo de Roma, o el Big Ben de Londres. Aquí se alcanzan, de día, las 13.430 persones por hora y kilómetro cuadrado. Hay dos plazas a lado y lado del templo, con árboles y un lago, cuando lo que buscan los turistas son vistas para ver bien y fotografiarlo.En una de las dos plazas sobrevive un reducto de cotidianeidad: la de los jubilados que juegan a cartas, bolos y petanca en una esquina. Ángel Pascual, 83 años, es el presidente del Club de Bolos. “Es un honor jugar aquí”, señala mirando la Sagrada Familia: “Pero los turistas molestan al pasar, a veces cruzan por aquí”, dice y lamenta la deriva del barrio: “Hay turistas por doquier, y se echan de menos muchas tiendas”. Las tiendas de souvenirs, cafeterías y restaurantes de cadenas, y supermercados 24 horas han arrasado con el comercio de barrio. A 100 metros de distancia del templo no quedan ni 10 tiendas. En Embutidos Santa Cruz, Encarni y Merche tienen una admirable paciencia y un máster en turismo: “Los rusos, cuando venían llevaban hasta guardaespaldas; el japonés, entra, pero no compra; los chinos si compra uno, compran todos”. Es viernes, “día de crucero” y despachan productos del norte de España a clientas como Adela, que se queja de las “manadas que no dejan caminar por la calle” y se plantea marcharse del barrio. “Los clientes nos piden que no nos marchemos”, aseguran las dependientas. Conchi atiende a un cliente del barrio y Merche a dos adineradas cruceristas de China que se llevan, sin mirar el precio, jamón del bueno y una botella de vino para degustar en el barco.En la calle de Sicília y con unas alucinantes vistas al templo, vive Joan Vitòria, en el piso de 1930 que fue de sus abuelos. Es arquitecto y recuerda el descampado delante del templo donde aparcaban los vecinos, la cancha de la Unión Deportiva Gaudí de baloncesto donde jugó su madre, la pista de patinaje de cemento y tiendas que no existen: “Horchatería, cuchillería, el cine Niza [ahora un Mercadona], la sala de baile…”. En su escalera, “la pérdida de vecinos ha sido un goteo”, lamenta y enumera pisos para turistas o de inversores. El barrio de la Sagrada Familia y los dos colindantes suman 3.006 pisos turísticos con licencia, casi un tercio de los de toda la ciudad. Lo suyo, dice Vitòria, no es nostalgia sino crítica a “una ciudad convertida en mercancía que expulsa, con negocios o vecinos que vienen a especular, y donde el empleo que se genera tiene condiciones muy precarias”.En la asociación de vecinos del barrio, su Presidente, Gabriel Mercadal, ve a la Sagrada Familia como “un vecino más, pero molesto, porque no respeta al resto de vecinos, en el sentido del encaje; es ninguneo, masificación, no hay un retorno de dinero en beneficio de un barrio que se vacía y pierde la cohesión”.Tres concejales del Ayuntamiento de Barcelona de tres épocas admiten los conflictos derivados de la masificación entorno al templo. Assumpta Escarp, socialista y edil del Eixample entre 2003 y 2010, lidió con la construcción del túnel del AVE que discurre a pocos metros de la basílica, en la calle de Mallorca, unas obras que el templo intentó parar y que se hicieron después de monitorear miles de viviendas y construir pantallas de hormigón en el subsuelo. La Sagrada Familia, analiza, “ha crecido defendiendo un orden que no se aplica, como cuando construyó pisando la acera, y no ha cuidado de su entorno”. En un ejercicio de autocrítica inusual, considera que “el Ayuntamiento reaccionó tarde, cuando el conflicto ya era evidente en movilidad de autocares, terrazas o colas en la calle”. “También ha sido un laboratorio de ordenación”, conviene y echa de menos “el diálogo y tutela pública” que ha habido en otros proyectos de la ciudad.La concejal del mandato de la alcaldesa Colau que consiguió que la Junta Constructora pagara licencia y 36 millones de euros en diez años para compensar a la ciudad fue Janet Sanz. Guarda una copia de la licencia en una carpeta encuadernada. Defiende un gobierno municipal que “puso límites y acabó con privilegios”. Admite que por su singularidad arquitectónica la Sagrada Familia es identidad de la ciudad, pero ante su impacto se pregunta “si Barcelona tiene un templo o un templo tiene una ciudad”. Con el doble sombrero de concejal del Eixample y de Turismo, Jordi Valls recuerda que el turismo representa en Barcelona el 15% del PIB y genera 150.000 empleos. Tiene entre manos el plan de acción de la EGA (Espacio de Gran Afluencia) de la Sagrada Familia, que contempla medidas para ordenar la movilidad en calles saturadas, mejorar el espacio público, dinamizar el comercio, erradicar la venta ambulante y preservar la vida cotidiana: “Estamos ante el nacimiento de un icono. Ya lo era y la visita del Papa lo normalizará, hemos de intentar que exprese los valores de la ciudad y tenga complicidad con el resto de equipamientos culturales”.También habla de “icono global”, el director del consorcio Turisme de Barcelona, Mateu Hernández. Lo sitúa en “el catálogo reducido del Coliseo, Torre Eiffel, las Pirámides, el Taj Mahal, el Machu Pichu o la estatua de la Libertad” y cree que “supera el territorio”, porque “representa valores universales”. Pero admite que pese a ser “un icono compartido, la Sagrada Familia no genera orgullo” en Barcelona. “Aquí nos tienen que decir lo guapos que somos los de fuera”, bromea y recuerda la portada que The New York Times dedicó al cocinero Ferran Adrià. “La Sagrada Familia tiene mucho trabajo para hacer para que los barceloneses la descubran y la quieran”, reta.Al llamado responde el presidente delegado de la Junta Constructora, Esteve Camps, que asumió el cargo tras la visita de Benedicto XVI, en 2010. Entonces constataron la distancia de los barceloneses: con la encuesta que reveló que solo un 10% había visitado la Sagrada Familia. Tras la pandemia, cuando invitaron a sanitarios, “nadie” conocía su interior, recuerda. Igual les ocurrió con las juntas de los colegios profesionales: “El 90% no había entrado”. En los últimos años, en un esfuerzo de acercamiento, se organizan puertas abiertas (30.000 personas), visitas con descuentos o programas sociales (15.000) y cada día hay cuatro escuelas de visita (190.000 estudiantes al año), enumera Camps, y presume de un programa social dotado con 4,5 millones. De aquél 10% de conocimiento del templo se ha pasado a un 60%, celebra.En un plano más político, Camps evoca la relación con los sucesivos Gobiernos municipales preocupados por el impacto de la Sagrada Familia. Sobre la negociación con los comunes “de tres años y con momentos tensos” para legalizar las obras y aportar a la ciudad, asegura que guarda “un excelente recuerdo”. Camps recalca que tienen permiso para construir las cuatro torres y la verticalidad de la fachada. Sobre una futura expansión sobre la calle Mallorca ha afirmado varias veces que la escalinata “es indiscutible”. Antes, asegura “hay margen” de negociación. En una maniobra que se interpretó a futuro, hace unos años la Junta compró en 2019 un solar a una calle de la basílica donde se podrían construir vivienda para realojar afectados. La incertidumbre tiene en vilo a los vecinos potencialmente afectados, en especial los de las 100 viviendas que hay justo delante de la fachada de la Gloria. El presidente de la comunidad, Fernando Díaz Lastra, hastiado con un barrio que ve “convertido en parque temático”, tiene pocas ganas de hablar con la prensa y alude a la “incertidumbre” de no saber que será de sus pisos.Como iglesia, la actividad religiosa de la Sagrada Familia la capitanea el párroco de la parroquia y rector de la basílica, Josep Maria Turull. “La Sagrada Familia agrupa dos realidades: la parroquial, con los fieles del entorno [tres misas diarias, catequesis, coro, catecúmenos, bodas y bautizos]; y la dimensión de santuario internacional [unos 100 oficios anuales]”. La relación con el barrio, asegura, es fluida: forman parte de la Coordinadora de Entidades y el arquitecto director Jordi Faulí, habitualmente discreto, pronunció el pregón de la última fiesta mayor.Quien suele guardar silencio sobre la Sagrada Familia es el Colegio de Arquitectos. Su actual decano, Guim Costa, entiende que el templo “ilustra amores y odios, pros y contras, continuar o no continuar…”. “Es un monumento de la ciudad, y no es una obra solo de Gaudí, sino colectiva, un proyecto coral de los arquitectos que le han sucedido, y es positivo para la profesión”. También el decano apuesta por “equilibrar el templo con la ciudad y que el éxito revierta, porque, si no, acabará resultando antipática”. Mientras, el Colegio ha elegido la Sagrada Familia como sede de la entrega de premios del Congreso Mundial de Arquitectos que se celebrará en julio.Y el alcalde Jaume Collboni, ¿qué dice? Pues explica que lo suyo con la Sagrada Familia es un “vínculo emocional”, porque vivía muy cerca y es “escenario del paisaje” de su infancia. Entiende la “relación ambivalente” de la ciudad con el templo y receta entrar como “manera de enamorarse”. Collboni afirma que ha trasladado a los responsables de la basílica la necesidad de “hacer el esfuerzo de reconciliarse con la ciudad”, al tiempo que admite que “tener una de las maravillas del mundo” plantea retos “como el turismo masivo, la vivienda o la fachada de la Gloria”. El alcalde confía en un acercamiento de la ciudadanía con la basílica y señala que es “un punto de inflexión que los arquitectos quieran entregar los premios en el templo y que el templo acepte un acto no religioso”. En breve se abrirá el frente de la calle Mallorca: si la Sagrada Familia crece a costa de vivienda. Cuando la principal preocupación de los barceloneses es la crisis habitacional. Y cuando el turismo es un cóctel de ingresos, empleo y problemas sobre el que hay consenso en poner límites. Además del desenlace sobre la escalinata, la otra gran incógnita es si habrá debate ciudadano. Y qué calibre alcanzará.