Poco más de un año después de su nombramiento por un colegio cardenalicio de hombres, el Papa ha hablado para mucha gente, pero aún le falta la mitad de la humanidad. Confío en que no tardará. “Humanidad” es el concepto que articula su última encíclica. Y aunque ha pasado desapercibido, entre las 30.000 palabras de “Magnifica Humanitas” había unas líneas sobre las mujeres.

El Papa se atrevió, recién nombrado, a impugnar la cultura de la guerra. En su primer discurso reivindicó “una paz desarmada y desarmante”, mientras el genocidio en Gaza estaba en su apogeo y proseguía la guerra de Ucrania. Casi un año después, cuando Trump hizo aquella amenaza velada al uso de armas nucleares contra Irán, León XIV fue un paso más allá: instó a los ciudadanos estadounidenses a escribir a sus congresistas exigiendo el rechazo de la guerra. Eso es más que discurso: eso es llamar a la acción. Es meterse en política de hoz y coz. A mí me parece bien, pero a Trump le irritó mucho.