Pero es el viento lo que lo protagoniza todo: lo que hace que los cuervos y las urracas queden estáticos en el aire, lo que lanza a los gansos y faisanes más allá de los campos y regala el terreno de los pólder a las gaviotas, que están mejor acostumbradas y ahora son ellas las que acompañan a las ovejas a decorar el verde de los pastos junto a los caballos, los ciclistas y las nubes, es el viento el caminante de todos los caminos, que decía Gómez de la Serna.
Es el viento el que protagoniza mi primera-gran-tragedia como runner de bebidas en la terraza del restaurante: yo llevaba tres semanas haciéndome a la idea de que, en algún momento, esto tenía que pasar, porque estas cosas, igual que todas las demás, pasan, acaban pasando; todo -¡todo!- acaba pasando. La primera vez que cogí una bandeja pensé, bueno, quizá sea mejor llevar algo que pueda considerarse “pesado” a otras cosas más ligeras, como unas copas de vino vacías, o incluso llenas; sabía que eso iba a ser mucho peor que un puñado de esas pesadas cervezas de trigo en botellas de medio litro porque cada parpadeo, despiste, comentario o resoplido del destino iba a llevar parte de esa carga directamente al suelo o, peor aún, sobre la cabeza de algún cliente.













