Voy a empezar por el final, porque es lo único que tengo claro: ahora separo voces de cualquier pista en menos de dos minutos, y la rutina que antes me robaba tardes enteras desapareció. Lo gracioso es que llegué ahí por accidente, a las tres de la madrugada, peleando con algo que ni siquiera quería arreglar.

Pero vamos hacia atrás, que es como mejor se entiende esto.

El desastre del que partí

Esa noche no podía dormir (otra vez), así que me senté en mi rincón de la habitación —una mesa de Ikea, un monitor de segunda mano y unos auriculares que ya pierden un lado—. Tenía una maqueta horrible: una voz grabada con el micro del portátil, encima de un beat que había bajado de no sé dónde. Sonaba a barro. Todo pegado, todo embarrado.

Mi plan original era simple y aburrido: ajustar el tempo. Quería usar la función de Tap Tempo para marcar el pulso con el dedo y alinear la voz con la batería. Le di golpecitos a la barra espaciadora como un idiota durante diez minutos, intentando que la máquina entendiera dónde estaba el "uno". (Spoiler: estaba más perdido yo que el software.)