Había una vez un hombre que vivía en una cueva. No sabía que vivía allí, porque tenía las piernas encadenadas al suelo y la cabeza cubierta con un artefacto que proyectaba una vida virtual que no era la suya. Un día, una desconocida le quitó el artefacto y le soltó las cadenas, y el hombre vio por primera vez dónde estaban de verdad él y muchos otros. Quedó destrozado. La mujer lo consoló lo mejor que pudo y le dijo que estaba allí para liberarlo. Cuando se disponía a marcharse, el hombre vio a un niño sentado junto a él, con las piernas también atadas y la cabecita invisible dentro de la grotesca máquina. Por compasión, le preguntó a la mujer si podía llevarse al niño. Ella accedió y partieron. Salir de la cueva fue difícil. Cuando lo lograron, el hombre y el niño se encontraron con una luz tan intensa que al principio apenas podían abrir los ojos. Poco a poco, a medida que su vista se acostumbraba, empezaron a ver formas vagas iluminadas por el sol. Esas formas, aunque difíciles de describir, eran en cierto modo agradables. La mujer las llamó Ideas y explicó que ellas, y solo ellas, «son reales», y que todo lo demás es ilusión. Ni el hombre ni el niño entendieron lo que decía, pero también les pareció agradable. La mujer se marchó y no volvió en siete años. Cuando regresó, hizo una petición. Ahora que el hombre había sido liberado y vivía feliz en la luz, ¿estaría dispuesto a volver a la cueva y sacar a otra persona, como ella había hecho con él? El hombre aceptó y dijo que bajaría con el niño. Pero a la mañana siguiente, tras recordar las penurias del primer viaje, decidió ir solo. Podía cumplir con la tarea por su cuenta, así que ¿por qué hacer sufrir al chico y privarlo de pasar tiempo al sol? Llamó al chico y le anunció la buena noticia: se quedaría. (…)
Saber o no saber
Había una vez un hombre que vivía en una cueva. No sabía que vivía allí, porque tenía las piernas encadenadas al suelo y la cabeza cubierta con un artefacto que proyectaba una vida virtual que no era la suya. Un día, una desconocida le quitó el artefacto y le soltó las cadenas, y el hombre vio por primera vez dónde estaban de verdad él y muchos otros. Quedó destrozado. La mujer lo consoló lo mejor que pudo y le dijo que estaba allí para liberarlo. Cuando se disponía a marcharse, el hombre vio a un niño sentado junto a él, con las piernas también atadas y la cabecita invisible dentro de la grotesca máquina. Por compasión, le preguntó a la mujer si podía llevarse al niño. Ella accedió y partieron. Salir de la cueva fue difícil. Cuando lo lograron, el hombre y el niño se encontraron con una luz tan intensa que al principio apenas podían abrir los ojos. Poco a poco, a medida que su vista se acostumbraba, empezaron a ver formas vagas iluminadas por el sol. Esas formas, aunque difíciles de describir, eran en cierto modo agradables. La mujer las llamó Ideas y explicó que ellas, y solo ellas, «son reales», y que todo lo demás es ilusión. Ni el hombre ni el niño entendieron lo que decía, pero también les pareció agradable. La mujer se marchó y no volvió en siete años. Cuando regresó, hizo una petición. Ahora que el hombre había sido liberado y vivía feliz en la luz, ¿estaría dispuesto a volver a la cueva y sacar a otra persona, como ella había hecho con él? El hombre aceptó y dijo que bajaría con el niño. Pero a la mañana siguiente, tras recordar las penurias del primer viaje, decidió ir solo. Podía cumplir con la tarea por su cuenta, así que ¿por qué hacer sufrir al chico y privarlo de pasar tiempo al sol? Llamó al chico y le anunció la buena noticia: se quedaría. (…)








