Antes de la medianoche, sin embargo, ambos nos despertamos con una fuerte e inexplicable sensación de alarma. Uno de nosotros prendió una linterna, pero en torno a nosotros no había nada que diera lugar a temor alguno. Pero el silencio fuera de la carpa era ominoso y, cuando nos asomamos fuera de ella, el cielo estaba nublado y oscuro y se respiraba, al pie de los árboles y entre los troncos, una atmósfera fétida y maloliente. Nuestra inquietud y nuestra alarma se acrecentaron. Tétricas sombras misteriosas parecían moverse entre los árboles; algunas ramas parecían garfios que inspiraban pavor con su movimiento y desde el arroyo nos llegaba una especie de susurro siniestro, diferente del alegre correr del agua entre las piedras. Todo parecía suspendido en un aire tenebroso, pero, a la vez, “algo” palpitaba en la oscuridad y parecía observarnos con algún propósito maligno. Y ese “algo” parecía agigantarse minuto a minuto, contaminando con su presencia todo el lugar. Ambos éramos avezados campistas y habíamos acampado en diversos lugares del país, solos y en grupo, pero nunca habíamos sentido esa sensación de mal presagio y esa premonición lúgubre mezclada con una sensación perturbadora - al punto de ser terrorífica - en nuestros corazones. Sin cruzar palabra, nos miramos y comenzamos a levantar campamento. Desarmamos la carpa en un santiamén, armamos rápidamente nuestras mochilas y empezamos a marchar hacia el terraplén para cruzar el puente azuzados por un creciente pavor que nos empujaba a huir del lugar. La noche era oscura, pero logramos cruzar el puente, a la carrera y sin mayores dificultades, siempre perseguidos por la sensación de que alguna etérea entidad malévola y siniestra nos seguía.
Relatos de valijas
Antes de la medianoche, sin embargo, ambos nos despertamos con una fuerte e inexplicable sensación de alarma. Uno de nosotros prendió una linterna, pero en torno a nosotros no había nada que diera lugar a temor alguno. Pero el silencio fuera de la carpa era ominoso y, cuando nos asomamos fuera de ella, el cielo estaba nublado y oscuro y se respiraba, al pie de los árboles y entre los troncos, una atmósfera fétida y maloliente. Nuestra inquietud y nuestra alarma se acrecentaron. Tétricas sombras misteriosas parecían moverse entre los árboles; algunas ramas parecían garfios que inspiraban pavor con su movimiento y desde el arroyo nos llegaba una especie de susurro siniestro, diferente del alegre correr del agua entre las piedras. Todo parecía suspendido en un aire tenebroso, pero, a la vez, “algo” palpitaba en la oscuridad y parecía observarnos con algún propósito maligno. Y ese “algo” parecía agigantarse minuto a minuto, contaminando con su presencia todo el lugar. Ambos éramos avezados campistas y habíamos acampado en diversos lugares del país, solos y en grupo, pero nunca habíamos sentido esa sensación de mal presagio y esa premonición lúgubre mezclada con una sensación perturbadora - al punto de ser terrorífica - en nuestros corazones. Sin cruzar palabra, nos miramos y comenzamos a levantar campamento. Desarmamos la carpa en un santiamén, armamos rápidamente nuestras mochilas y empezamos a marchar hacia el terraplén para cruzar el puente azuzados por un creciente pavor que nos empujaba a huir del lugar. La noche era oscura, pero logramos cruzar el puente, a la carrera y sin mayores dificultades, siempre perseguidos por la sensación de que alguna etérea entidad malévola y siniestra nos seguía.








