Entré en casa, arrojé las llaves sobre el mueble del recibidor y grité:
—¡Hola!
—¿Eres tú?—, preguntó mi mujer.
—Sí—, corroboré.
Y ahí es donde me di cuenta de lo agotador que era ser yo. ¿Por qué no podía ser Javier Bardem?, por poner un ejemplo. No digo para siempre, digo para un rato. Que hubiera podido contestar a mi mujer:






