Me pregunto, tras reposar lo visto, si era necesario seguir hurgando en la herida de Noelia con una cámara encendida delante
Sonsoles Ónega lo llamó “ejercicio de confianza periodística”. Pero han pasado varias horas y yo aún no sé cómo llamarlo. Estoy llena de dudas, y se me escapan las palabras como se me escaparon los suspiros con el programa Y ahora Sonsoles.
La presentadora repitió varias veces que lo íbamos a ver estaba “autorizadísimo” por Noelia Castillo Ramos. De hecho, contaron que fue la propia Noelia la que solicitó ver a un equipo del programa para dibujar sus últimas horas antes de que le practicaran la eutanasia que había solicitado. Ella ya había explicado una y mil veces los motivos que le llevaban a querer dejar de sufrir, igual que habíamos escuchado los intentos para que cambiara de opinión. Pero lo de ayer, insisto, fue otra cosa.
Me pregunto, tras reposar lo visto, si era necesario seguir hurgando en esa herida con una cámara encendida delante. Si era pertinente hacerle una autopsia a las razones y a los detalles. Asistir a las tensiones y a las dudas entre madre e hija, la despedida de la abuela Carmen y los besos sonoros, la comida favorita de su nieta. La historia de una de tantas familias desestructuradas y rotas, precarias. Si le llamamos morbo o simplemente contexto. El repaso a las fotos de la infancia en el sofá de la casa de “la yaya”, lo que llevará puesto Noelia el día en que esté junto a su médico. Por supuesto, la música de piano de fondo, los gestos afectados y sobreactuados del plató. Las palabras huecas, que fagocitan cualquier atisbo de cordura, que también la hubo.






