La gran apuesta de las tardes de Telecinco para este verano comenzó estirando los grandes clásicos. Imágenes de recurso de Cantora que hemos visto mil y una veces. El “todo esto es mío” de Isabel Pantoja a las puertas de la finca, también el “no me vas a grabar más”. Francisco Rivera Ordóñez enfadado con la segunda mujer de su padre, Francisco Rivera Pantoja enfadado con su madre —sigo sin superar que dos hermanos por parte de padre se llamen igual—, personajes que nos han amenizado todos estos años y de cuyo nombre solo nos acordamos los más cafeteros: Pepi Valladares y Laura Cuevas, por ejemplo. Pusieron un corte de Laura en algún momento de los últimos 10 años diciendo que había habido “roneos continuos de Isabel hacia Cipri”. Que aunque sepamos quién es una y desconozcamos quién es el otro, a la que escribe le interesó un poco. Porque el resto de De lunes a viernes fue un poco como esos días en los que no sabes muy bien qué hacer de cena y tiras de lo que hay en la nevera antes de que se eche a perder. La sintonía es la misma que la de De viernes pero incluyendo en la letra el primer día de la semana y añadiendo al rótulo muchos colores alegres, que para eso estamos en verano. Presentadores y colaboradores bastante forzados intentando hacer dos cosas de esas que se presuponen fáciles y no lo son: ser graciosos y bailar con cierto donaire. No salió bien. Mujeres con rulos y maquilladas hasta la casi racialización proyectando una supuesta naturalidad y a veces un entusiasmo desmedido, un DJ simulando estar en Ibiza y una flora y fauna que, por ahora, proyecta un mezclum inquietante. Volvimos al Mediaset de los noventa, y por ahora, a pesar del 9% de share de audiencia, una no sabe si procede. A veces parecía Hormigas blancas, otras rozaba el palo de Sálvame y en general era un a ver si esta vez sí, el enésimo intento por hacer algo que cuaje, que genere conversación tirando de huesos que en 2026 dan el caldo justo: los Pantoja, los Jurado, las Campos… Colaboradores comiendo palomitas y espectadores escuchando frases tipo: “Os habéis quedado alucinados”, sabiendo que es mentira. Personas con muchas ganas de agradar respondiendo: “Flipando” y “no puedo parar”. Presentadores anunciando contenidos que sonaban a amenaza: “Pónganse la alarma que vamos a ver la habitación de Isabel Pantoja y la de Paquirri”. Hombre espera que ahora mismo voy, qué nervios. No. Lo de siempreVimos cosas que ya hemos visto un millón de veces. Rosa Benito arrastrando a su sobrina Rocío Carrasco ejerciendo de perfecta cuñada viuda de la Jurado, como la denominó una vez Bob Pop. Su mejor papel hasta la fecha. Terelu Campos exprimiendo esa irritante faceta de bienqueda, Lydia Lozano y Karmele Marchante jugando a la comicidad y a veces al colmillo. Los nuevos, Sebastián Gallego y Maica Benedicto (ganadora de la última edición de Supervivientes), sin saber muy bien cómo moverse en aquel plató. El papel de Maica no acaba de entenderse, porque si no sabe nada de corazón, pareciera que la tienen ahí para hacer de pimpampum. Si después de varios realities y de vinculación profesional con Telecinco preguntas de qué se conocen los personajes de los que se está hablando y en tu debut como reportera lo que te aconsejan es que no vayas en tacones… chica, no sé. El programa se hizo largo y la gran bomba de la tarde era la finca de Paquirri llena de desconchones, bichos muertos y señales de abandono prolongado en el tiempo. El programa fue muy largo y lo único que me hizo abrir los ojos como platos fue cuando Santi Acosta se acordó de Falcon Crest, sonó la sintonía de fondo y Lydia Lozano gritó: “¡Hombreeee, esa Joan Collins!”. Se tardó un poco hasta que alguien dijo: “Eso era Dinastía”. Y Lozano contestó: “Ah, pues Linda Evans”. Segundos que parecieron eternos. Tan eternos como las horas que van del lunes al viernes. Veremos.