A un personaje se le consiente lo que a una persona apenas se le tolera
Si usted es dado a hablar de sí mismo en tercera persona y, por ejemplo, llamándose Juan, dice: “Tranquilos, que Juan no os va a fallar”, permítame ofrecerle aquí diez razones para perseverar en este uso e incluso sostenerlo frente a sus detractores....
La primera razón entenderá que sea yo. Pero no yo la que escribe sino el yo gramatical, el derivado del latín ego, la forma con que el hablante se designa a sí mismo y cuya historia no ha sido parca en variaciones y rodeos: existen los plurales de modestia, los monarcas hablaban de sí mismos bajo un nos mayestático y hay otras formas honoríficas que han servido para sustituir al pronombre yo en la historia de la lengua española. Si esos procedimientos han gozado de tan larga vida, usted tiene el derecho a optar por su nombre propio para darse reverencia mientras habla.
Porque, claro (y esta es la segunda razón), con la tercera persona usted se presentará con escrupulosa objetividad y distancia solemne: neutralizará lo emocional y se desvinculará de lo dicho porque aspira a la asepsia del cronista que consigna hechos sin dejar huella de su pulso. Quizá alguien objete (esos malos mestureros...) que la imparcialidad es una ilusión también entre los historiadores. Pase por alto esos reparos y atienda a la tercera razón que le expongo y formulo con una palabra muy repetida últimamente: autocuidado. En el reducto de la intimidad, usted es capaz de decirse las verdades más desnudas, que suelen ser las menos amables. Reserve el yo para esa solitaria confesionalidad del espejo del ascensor. En público le asiste el derecho a protegerse de sí mismo, permítase tratarse como a un personaje. A los personajes se les consiente lo que a las personas apenas se les tolera.






