La escritura de Liliana Viola en ‘La hermana’, retrato de la monja argentina Martha Pelloni, no es intrépida pero es honesta y se gana la confianza del lector

Leila Guerriero dijo una vez que los cronistas creen que su mejor conquista es haber obtenido el derecho a escribir en primera persona. Entiendo la exageración y la uso para proponer que cambiemos “derecho” por “opción”, pues el primero se ejerce sin dar explicaciones y en este oficio, por más artista que sea el periodista, siempre hay que darlas. Lo hace ella misma, que es la mejor, en La llamada y tuve que hacerlo yo, con mucho menos talento, cuando escribí

085.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/cultura/2017/12/18/actualidad/1513617944_184085.html" data-link-track-dtm="">Crónica jonda, un viaje con el que quise retratar el complejo mundo del flamenco recorriendo sus principales festivales. Recuerdo que me peleé mucho con la narradora que quería ser y también con los colegas que fruncieron el ceño: “Silvia, tú también un egotour...” Pero mi editor y yo acabamos concluyendo que tenía que meterme. ¿Cómo no decirle al lector que mis oídos siguen condicionados por la primera saeta que escuché a los seis años? ¿O que el modo en que me criaron mis abuelas ha marcado incluso el tipo de flamenco que me chifla y el que me deja fría? No quería contar mi vida, quería que supieran que no podía darles la verdad absoluta, pero que era una verdad y que era honesta. Y ofrecí mi “yo” como garantía. ¿Que cuál es la diferencia con el egotour? Hablemos de La hermana (Anagrama, 2025) de la periodista argentina Liliana Viola.