Días atrás reapareció en mi cuadra un personaje conocido. La observé mientras tocaba timbre tras timbre hasta que me vio en la puerta de mi casa y me encaró sin perder un segundo. Se llama Ana, es menuda, fibrosa, de pelo corto y negro, y parecía afectada por el cansancio y el sueño. “Hola, don, si tiene papeles, ¿me los junta para mí?”, me dijo. “Porque volví a cartonear y no quiero terminar como esos”, agregó, señalando a la pareja que, por no tener ni un peso en el bolsillo, lleva algunas noches durmiendo a la intemperie, en la esquina.Pero ni Ana ni la pareja de la esquina son los únicos en esa situación en el barrio de Coghlan, un pentágono arbolado de clase media ubicado en el norte de la Ciudad. Ayer, en mi caminata tempranera, conté veintitrés personas en varias cuadras a la redonda que cartoneaban, se metían en los contenedores de basura para rescatar algo valioso o dormían en las veredas, en los pasos bajo nivel y en las cabinas de cajeros automáticos.Conforman un paisaje desolador, aunque no inédito. A principios de siglo, durante la gran crisis, se vieron escenas parecidas. Sin embargo, en esta ocasión -como nunca antes- estos hechos transcurren bajo una marcada indiferencia de las máximas autoridades nacionales hacia quienes han perdido la posibilidad de acceder a un empleo digno durante sus dos años y medio de gestión. Son miles de hombres y mujeres que, pese a las dificultades, no han carecido de voluntad, talento ni capacidad para salir adelante.Para explicar las causas de este fenómeno no es necesario ser economista o filósofo de lustre. Ni tampoco citar de memoria algún autor de preferencia. No. Basta con informarse sobre el cierre y la menor actividad de centenares de empresas de la industria, la construcción y el comercio. Junto con la caída en el poder adquisitivo de jubilados, docentes y la mayoría de los trabajadores formales e informales. A esto se suma el menor acceso que tiene una enorme cantidad de familias pobres e indigentes a los servicios básicos (agua corriente, gas de red y cloacas) y a las coberturas de salud.Estas circunstancias han impactado, como era previsible, en un menor consumo, lo que implica una menor recaudación impositiva. El IVA, cabe señalar, representa más de un tercio de los ingresos fiscales. Es factible, además, que su cobro se haya complicado en los últimos tiempos si se considera que la cúspide del poder, en lugar de señalar que los impuestos sirven para financiar los bienes públicos indispensables, ha definido a los evasores como héroes y a los tributos como un robo.En este plano, es probable que estas disminuciones en el consumo masivo y, por ende, en la recaudación impositiva, alteren el equilibrio fiscal. Y que deriven en nuevos ajustes del gasto público que vuelvan a perjudicar el ingreso disponible de numerosos hogares.Es decir, el excedente que les queda luego de afrontar los gastos fijos y el pago de los servicios. Al tiempo que agudizan, por citar dos ejemplos, los problemas del transporte público y el mal estado de las rutas nacionales.Este panorama, de todos modos, no abarca a la totalidad de nuestro país. El agro, la agroindustria, algunas actividades financieras, la producción de petróleo, gas y minerales, especialmente de litio y cobre, están en alza y, como es sabido, sus expectativas son alentadoras. La situación mundial y el acuerdo Mercosur-Unión Europea contribuyen en este sentido.No obstante, la notable diferencia entre los distintos sectores económicos y las condiciones de vida de la población ha dado lugar a diversos estudios que conviene considerar.En las últimas décadas del siglo pasado, por ejemplo, se formuló el concepto de sociedad dual para referir la coexistencia de sectores modernos y dinámicos de la economía con otros que quedaban rezagados o avanzaban a un ritmo menor, sin integrarse plenamente. Arthur Lewis, Celso Furtado y Edmar Bacha, entre otros reconocidos académicos, hablaron de Belindia para describir a los países, especialmente de América Latina, que tenían regiones con niveles de consumo y riqueza comparables a Bélgica (la élite), y otras con condiciones similares a India (la mayoría empobrecida).Más tarde, una serie de investigaciones realizadas por institutos de las universidades de Londres, Cataluña y La Plata, como el CIEDLA, destacaron la presencia y el peso de los trabajadores precarios -un nuevo grupo social con empleos inestables y sin protección- en comparación con el resto de los asalariados. Asimismo, analizaron las consecuencias de la polarización creciente entre las minorías integradas y la mayoría excluida, expresadas en la segregación urbana y en la desigualdad en la distribución de la riqueza.Pero todos estos trabajos remarcan que la fractura existente entre grupos cada vez más separados en términos de educación, ingresos y lugares de residencia debilita la cohesión social y la disposición a confiar en los demás en la vida cotidiana. Además, contribuye al descontento social, las tensiones políticas y a la crisis de representación de partidos y dirigentes.Se trata de una perspectiva preocupante que, aunque cueste imaginarlo, requiere empatía y políticas específicas por parte del gobierno. Y si bien abordar las soluciones puede resultar más trabajoso que asistir a eventos internacionales o tuitear a mansalva, sus contribuciones al desarrollo social son indudables. Salvo que, una vez más, se confirme el viejo proverbio español de que “lo que natura no da, Salamanca no presta”.
Crónica de una fractura anunciada
La brecha existente entre grupos cada vez más separados en términos de educación, ingresos y lugares de residencia, debilita la cohesión social y la disposición a confiar en los demás en la vida cotidiana.














