La más lanzada y tirana, también la más guapa del colegio, arranca un chat para proponer una reunión entre los viejos compañeros de escuela. Se han perdido la pista. Se acercan a los 50, han jugado sus cartas con mayor o menor fortuna y han cumplido o defraudado las expectativas que los otros (compañeros, padres, profesores) habían depositado en ellos. Esa conversación colectiva, ese narrador grupal, empuja la historia de Polis y cacos en diálogos rápidos de whatssapp, en los que no se identifica a los interlocutores. Es el runrún del grupo, las preguntas que quedaron pendientes desde la adolescencia, lo que se va desvelando en estas páginas. “Seguíamos avergonzados de nuestro estado. El físico —fofetes, blanditos, arrugados…— y el emocional: casi todos en distintos grados de abandono y desamor, con una media alta de alcoholismo, Lexatin y desesperación”, escribe Paloma Bravo. En esta su séptima novela mete la mano en la llaga, nunca del todo cerrada, de la pubertad y abre la herida hacia las denuncias del Metoo, hacia los depredadores impunes y hacia las víctimas que un día encuentran la fuerza para hablar. Y también toca el debate sobre el papel de la prensa, los jueces, los abogados, los padres y madres, lo que ocurre en los despachos de quienes se sienten absolutamente impunes y todopoderosos. Bravo ha compaginado la escritura con puestos de responsabilidad en grupos de comunicación y actualmente es directora corporativa de Presidencia y Comunicación en PRISA. Su experiencia vital y profesional alimenta estas páginas. Poco a poco, entre bromas y un humor que siempre esconde heridas, Polis y cacos se abre a la conversación contemporánea sobre el abuso y el lugar que cada uno toma frente a él.La autora de La novia de papá —la novela y el blog del mismo título, que también tuvo una adaptación teatral—, de otra pieza para el escenario, La piel de Mica, o de la novela que subrayaba el diálogo entre una pareja y dos amigos solteros, Solos, apuesta en Polis y cacos de nuevo por la oralidad, la conversación y el diálogo cuando algunos de sus personajes finalmente se encuentran cara a cara. Y con la fuerza de la palabra hablada, pronunciada con una amarga sonrisa descarada, marca el buen ritmo de esta trama. ¿Es posible escapar del opresivo mundo adolescente que impone etiquetas que pesan como losas y conductas que como adultos resultan aberrantes?En esta nueva novela se impone la fuerza del grupo, una especie de coro que no anuncia sino que presencia alguna de las tragedias. El narrador colectivo se convierte en la suma de lo que hoy se llama en la jerga del videojuego NPC. Solo un puñado de personajes, los “populares” del colegio, cuyas vidas obsesionaban al resto, concentran la acción. Los demás comentan, juzgan, callan. Polis y cacos se mueve entre el qué fue de y el por qué pasó aquello que nunca pude entender. En ese espacio va creciendo la historia. ¿Es posible escapar del opresivo mundo adolescente que impone etiquetas que pesan como losas y conductas que como adultos resultan aberrantes? ¿Qué ha pasado con esos compañeros magnéticos que acaparaban todas las miradas y comentarios? En la novela, la desordenada y cruda charla de grupo se alterna con el regreso al pasado, a las historias concretas de un patio de “pijos asilvestrados” cargado de envidias, recelos, sueños o fantasías proyectadas en otros. Aquel espacio escolar en un centro privado y elitista a finales de los setenta en un país que avanzaba hacia la modernización y aún estaba lastrado de vergüenzas y temores a salirse de la norma, está repleto de estereotipos e inseguridades. El abuso no se llamaba entonces abuso, pero dejó cicatrices, y los primeros amores aún queman en la memoria de quienes actuaban como espectadores. Este es el cauce por el que discurre la historia. Bravo vuelve en estas páginas sobre la amistad, la cercanía a la muerte, la infancia, los destinos truncados, las inseguridades y las verdades que tanto se esquivan, temas que ha tratado en Las incorrectas o Sin filtros. Los adultos del chat rápidamente vuelven a ser adolescentes manipulados por los mismos mecanismos que funcionaban entonces. “No son amigos, sino compañeros de colegio”, es el mantra que algunos repiten para escurrir la vergüenza y tomar distancia. Porque al revisitar el pasado vuelven los actos despreciables de quienes fueron cómplices y las heroicidades que el grupo alguna vez supo reconocer. Las humillaciones. Las brutalidades. La arrogancia. La vergüenza. Los desastres de familias disfuncionales. Y el tiempo que nada cura pero pone, sí, a algunos en un lugar distinto del esperado y a otros les deja suspendidos.