La vida tiene dos mitades, pero culturalmente nos enseñaron a preparar solo la primera. Durante décadas, el acercarse a los 50 años se asoció al inicio del declive, al nido vacío y a una silenciosa invisibilidad. Sin embargo, hoy la psicología y la sociología le han puesto nombre a un fenómeno que miles de mujeres experimentan a nivel global: la madurescencia.Acuñado a fines del siglo XX e impulsado por el aumento de la longevidad, este concepto define esa transición que suele comenzar alrededor de los 45 o 50 años, cuando se toma conciencia de que la vida es finita. Así como la adolescencia remueve el cuerpo, la identidad y los vínculos para dar paso a la adultez, la madurescencia es el puente hacia la segunda mitad. Un proceso donde se tensiona el “contenedor” que construimos en la juventud —la familia, el trabajo, los roles— para decidir con qué queremos llenarlo.En Chile, una de las pocas voces que ha profundizado en esta etapa es Trinidad Ried (56), periodista y educadora con más de 30 años de trayectoria en la formación humana y fundadora del Colegio Santa Cruz de Chicureo. Con más de 60 libros de ensayos y cuentos publicados, Trinidad da el salto con su primera novela, “Encuentro con la soga”. En esta conversación, desmenuza los dolores, los desafíos y la fuerza liberadora que surge cuando las mujeres deciden mirar de frente sus “ataduras” y volar libres.– El concepto de madurescencia derriba la vieja idea de la “crisis de la mediana edad”. Desde lo que has investigado, ¿por qué para las mujeres de hoy los 50 se sienten más como un renacimiento?Crecimos en una cultura que nos transmitió creencias muy limitantes acerca de cómo debíamos ser. Muchas nos adaptamos para recibir el amor que creíamos que solo obtendríamos siendo buenas, serviciales, agradables y ocupándonos de todos los demás. Esto produjo una profunda tensión entre los mandatos y quienes realmente éramos, además de una fuerte desconexión de nuestro cuerpo, nuestras necesidades, nuestras ideas y nuestros sentimientos más auténticos.Por eso, una madurescencia bien vivida y acompañada puede convertirse en un maravilloso viaje de regreso hacia la autenticidad, la libertad y una paz interior que muchas veces ha sido escasa. Es volver a respirar un aire nuevo, aceptar lo que somos, querernos mejor y reconocer que nuestra singularidad puede ser un aporte valioso.– Crecimos viendo a nuestras abuelas a los 50, pero no a mujeres dueñas de su vida a esa edad. ¿Cómo inventamos un modelo que no existía?Esta generación tiene pocos referentes claros. Como el espejo está fragmentado, nos toca reconstruirlo con pedazos de quienes nos precedieron: rescatamos la valentía de una abuela, pero soltamos su distancia; tomamos la libertad de una tía, pero descartamos su caos. Vamos armando así un espejo propio con lo que nos resuena. Sin embargo, esta identidad solo se fortalece en comunidad. La inseguridad se alimenta de la soledad, mientras que la amistad y la sororidad nos dan el coraje necesario para vencer esa dolorosa sensación de no ser “suficientemente buenas”.– Tu primera novela se titula “Encuentro con la soga”. ¿Cuáles son esas ataduras invisibles más comunes que las mujeres arrastramos desde la niñez y que recién en esta etapa nos atrevemos a mirar de frente?En la novela expongo trece “ataduras”, como la postergación constante, la vergüenza de sentirnos insuficientes, la culpa, el perfeccionismo, el control y la obsesión por la imagen. Lo complejo es que no vienen solas: se enredan entre sí formando una verdadera “virutilla mental” que nos asfixia y nos impide ser auténticas. Así, avanzamos con el freno de mano puesto por miedo a ser criticadas, rechazadas o a quedarnos solas. La madurescencia -que también es un proceso que viven los hombres- es la invitación a mirar de frente esas sogas, descubrir de dónde vienen y empezar a desatarlas.– Se dice que en esta etapa la mujer se libera del “plan de la especie” —crianza, fertilidad y validación—. ¿Cómo es ese día en que una mujer se da cuenta de que ya no tiene que cumplir con las expectativas de nadie y empieza a ser un fin para sí misma?El cuidado y la maternidad son valiosos, pero el conflicto surge cuando nos diluimos en ellos. La liberación no ocurre de la noche a la mañana, es un proceso pausado y a veces irregular. La libertad se conquista abriendo pequeñas grietas de autenticidad en nuestra rutina: al decir lo que pensamos, al poner un límite, al descansar sin culpa o al atender un deseo postergado. Este despertar inevitablemente sacude nuestras relaciones. El entorno debe aprender a relacionarse con una mujer que ya no está dispuesta a anularse para que los demás estén bien. Puede ser un proceso doloroso, pero es el tránsito necesario hacia vínculos más adultos, simétricos y reales.15.07.2026