Primero tomo anotaciones, diciéndome que algún día las leeré sin saber para qué lo hice. Apenas unas pocas palabras caen sobre el teclado. A veces las escribo sin pensar. Hago asteriscos, subrayo lo que me parece importante, como si todavía existiera algo capaz de llamar la atención en medio de la costumbre.
A mi alrededor, la vida avanza con una naturalidad extraña. La gente mira, escucha, comenta, pasa de una tragedia a otra con una velocidad desconcertante. Todo ocurre frente a todos y, sin embargo, casi nadie se detiene más de la cuenta. Nadie pregunta demasiado. Nadie dice nada.
Registro que a cualquier hora del día llegan noticias al celular: la amenaza nuclear y el desfinanciamiento de derechos adquiridos conviven en la misma pantalla donde un periodista anuncia que un niño murió a manos de su madre.
Que hay femicidios. Cada día más. Subrayo: “cada día más”. No busco estadísticas precisas. Reúno impresiones que se enlazan en mi red neuronal. Escribo que un empresario extranjero se instalará en el sur para experimentar con nuestro país. No me animo a indagar; me da miedo.
Solo apunto palabras sueltas. Datos. Cruces. Nombres. Cada renglón termina siendo una colección de informaciones dispersas. Me convierto, sin querer, en una especie de crónica amarillista que recita accidentes.












