Cuando entra a su librería favorita, Izumi se siente más liviana. Si tiene alguna cita o compromiso ese día, se encarga de poner una alarma en el teléfono, porque ahí adentro el tiempo es como un río, una corriente que la arrastra sin que ella se dé cuenta. La diferencia entre unos minutos y una hora se desvanece. Ahí dentro, el tiempo le pertenece. Acaricia con los dedos los dorsos más coloridos, toca los relieves y se detiene en los títulos que le llaman la atención. Abre cada libro en una página al azar y lee una frase. Día a día se llena la cabeza con un montón de frases que saca de los tomos más variados. Es posible que, para muchos, esta acumulación de una frase después de otra, sin contexto alguno, carezca de sentido. Para Izumi, es como degustar sabores de todo el mundo. Nunca se cansa. Después, empieza a caminar más rápido, recorriendo ambos lados de los anaqueles y rodeando las mesas que rebalsan. Desliza un dedo sobre cada uno de los libros que se cruza en el camino, hasta que, como si fuera una coreografía que sabe de memoria, se detiene frente a un ejemplar en particular y lo agarra. Lo observa, pero no lo abre para leer una frase. Esta vez no, porque ese libro la va a acompañar a casa. Izumi repite la misma coreografía dos veces más y, finalmente, emprende la vuelta, con tres libros dentro de la bolsa.