Al entrar en una librería se siente una excitación especial. El aroma del papel hace piruetas entre los pasos de los lectores, y será capaz de cautivar nuevas miradas, que se detendrán en sus párrafos grabados a tinta. Los viajes esperan en aquellos anaqueles, los recetarios de cocina en esos otros estantes. Sobre la mesa del fondo se escucha un lamento de algún drama, y al lado, en un gran tomo, unos protagonistas se devanan los sesos para encontrar la respuesta a un enigma. Así y todo, también hay espacio para la risa, que retumba con carcajadas detrás de aquella tapa dura. Así es el ritmo en una librería, en una aparente calma.

En una floristería y en un vivero también se encuentran las historias, al igual que en las páginas de papel. Esa planta habla de un origen distante, una región asiática descubierta para los europeos a mediados del siglo XIX. Allí unos marineros tomaron unos pocos ejemplares de una planta de grandes hojas. Al llegar al Reino Unido, la única que sobrevivió se reprodujo gracias a un botánico habilidoso con el cultivo de las plantas. Pocos años después, la planta llegaría incluso a las casas de algunos jardineros aficionados, y hete aquí que, 200 años después, se pueden encontrar descendientes de aquella planta originaria en un vivero de la meseta castellana.