Quedarán algunos escritores, de los de antes y de los de después, algo así como rarezas que ni siquiera despiertan la curiosidad

Un día los libros se escribirán solos. Serán atractivos, con el culo respigón, frases bien redondas, con delantera, justo lo necesario para atrapar, para cautivar. Libros de los fáciles, culebrones, respingones, de los que se puedan leer de un tirón, donde no hay que tropezar sobre palabras viejunas, de esas que se han quedado jubiladas y que ya nadie sabe qué hacer con ellas, ni en qué rincón esconderlas para que no molesten. ...

Leerlos será entonces como entrar en una casa con sillerías de imitación, sábanas, cortinas, de las que se regatean en los rastros o se compran los viernes negros, alfombras de segunda mano. Los escritores de verdad serán escalones desgastados, incómodos, carcomidos por el mal de las piedras. Las novelas dejarán de no contar nada, como las de Céline, Michon, o Quignard, esos escritores que agotan, que son cansinos de tanto menear la frase.

Serán máquinas que toman las riendas, planifican, organizan, que se ponen a cavar trincheras, trazar mapas, tomar lomas. Cada capítulo será una batalla y las páginas avanzarán en orden de batalla, pelearán cada metro cuadrado, línea a línea. Emplazarán la artillería, apuntarán los cañones, dispararán, se amontonarán, y, mientras la intriga avanza, la infantería se abrirá camino.