Me empeño en escribirlo. Un libro que no cuenta nada y lo dice todo. Que no sirve para pagar la hipoteca ni cruzar la calle a ciegas. Quea veces, eso te hace despejar. No necesitas cohetes ni hongos para ir a otros mundos. Basta con abrir un libro.

Y ahí está, algo que nos hila, que nos narra, un relato, una novela que nos habla, que nos hace habitar el mundo. Lo que hacen los libros es ayudarnos a encontrarnos, a dar con uno mismo. A menudo vamos hasta el fin del mundo para toparnos con nosotros, para dejar de extraviarnos. Pero quizás no haga falta ir tan lejos para buscarse y encontrarse. Estamos a la vuelta de la esquina. O a la vuelta de un libro.

Con el nuevo siglo nos hemos vuelto más idiotas. Por primera vez la inteligencia humana se está achicando. La estupidez es una honda expansiva que no necesita de botón nuclear. Solo necesita que nos dejemos llevar, y esa dejadez es de destrucción masiva. Quizás estemos asistiendo a una merma de nuestras narraciones, saber, querer decir quiénes somos, lo que deseamos. Delegamos en las máquinas nuestros cuentos, nuestros relatos, nuestra capacidad de narrar, de contar. Cierto, nos quedarán siempre Homero, Dante, Cervantes o Joyce. Sin embargo, abundan ahora los hombres huecos, sin troncos ni brazos, cada vez más mermados en sí mismos, sin trama ni argumento.