Por culpa de este libro usted se levantará del sillón donde lo leía, lo dejará apoyado sobre la mesa, abierto a la altura de la página 73, y después irá corriendo —nervioso, atosigado, enfebrecido por lo que acaba de saber por su escritura— hasta ese baúl, o hasta ese cajón, en el que guarda los álbumes fotográficos familiares que heredó de una casa o de otra, esos que ya no consulta nada más que de aniversario en aniversario, para rememorar melancólicamente algún recuerdo propio, y, conforme pasan los años, se van llenando de rostros a los que no es capaz de darles nombre.
Exactamente en la página 73 del ensayo Tiempo profundo, la poeta y pensadora Ana Gorría clava a sus lectores el cuchillo de una idea impresionante —impresionantemente triste—, que ella a su vez recupera de un texto de Carmen Fernández Aparicio: morimos dos veces, dice la crítica, “una primera en el momento del fallecimiento, y la segunda cuando ya nadie te reconoce en una fotografía”. Así, Gorría invita a levantarse. A querer abrir y cerrar su libro muchas veces. A detenerse en su lectura para ir a buscar en Google la imagen de la que ella nos está hablando, incluso si en su ensayo sobre la fotografía y la memoria familiar la écfrasis es tan sugerente que una sola descripción de una obra famosa o de una fotografía íntima de los Gorría Ferrín ya basta para entender el universo al que quiere arrastrarnos.






