Leer es una conquista. Si vamos un paso hacia atrás y tratamos de recordar cómo nos convertimos en lectores, nos daremos cuenta de que no fue un proceso fácil ni rápido. Para las primeras infancias que tuvieron el privilegio de contar con estímulos tempranos, como, por ejemplo, algún familiar que les leyera de cerca o que les contagiara el entusiasmo por las palabras, los sonidos o la musicalidad que generan las canciones, sabemos que dichos estímulos facilitan la inmersión en un mundo simbólico y lleno de sentido. Habituarse al lenguaje metafórico y narrativo que implica la participación de la lectura conduce al tránsito sutil entre el mundo cotidiano y, como menciona la experta en lectura Michèle Petit, impulsa la creación de nuestros paisajes imaginarios, aquellos a los que podemos volver incluso frente a las peores realidades.El lector olvida el esfuerzo y la lentitud que implicó sumergirse en los signos, en los rasgos de las letras y en la identificación de los primeros sonidos para luego vencer los obstáculos materiales que se convertirán en una habilidad. Las letras, que alguna vez fueron dibujos incomprensibles, terminan desapareciendo detrás del sentido. ¿Sirve de algo recordar con nostalgia el momento en que nos convertimos en lectores? Tal vez evocamos la sensación de asombro frente a los carteles, los titulares de periódicos o las letras impresas en empaques, que nos permitieron estar en sintonía con el mundo de aquellos que nos leían. Algo parecido a una hazaña épica en la que el mundo tiene otra textura.Actualmente, la inmediatez nos juega en contra. Queremos acceder a contenidos de manera inmediata y olvidamos detenernos en las palabras, porque lo que buscamos es el efecto de la posesión, es decir, comprobar que accedemos a una información de primera mano. El triunfo consiste en ser los primeros. En cambio, los primeros lectores aprecian la sintonía con la repetición, saborean las palabras nuevas, juegan con ellas y les otorgan significados que trastocan nuestras percepciones de la realidad. De esta manera, la niñez disfruta del desafío de saberse dueña de una herramienta que adquiere tonalidades y nuevas formas de habitar el mundo. ¿Por qué, entonces, dejamos de defender la lectura en nuestro hábitat cotidiano si sabemos que la construcción de vínculos afectivos y la curiosidad se fortalecen en las experiencias que leemos a través de múltiples tipologías textuales? Esta sintonía con el otro no pertenece exclusivamente al campo de la literatura: nos involucramos en los testimonios, decodificamos expresiones y nos conmovemos con historias de vida que habitan tanto en la ficción como en la realidad, siempre y cuando la lectura permita el tiempo del detenimiento.Paulo Freire defendía la lectura como una habilidad para comprender críticamente: “Leer el mundo precede a leer la palabra, y la lectura posterior de la palabra no puede prescindir de la lectura continua del mundo”. Así, la lectura deja de ser únicamente un aprendizaje técnico para convertirse en una experiencia sensible y transformadora. Defenderla implica tomarnos nuestro rol de lectores como un trabajo a tiempo completo. (O)
Tatiana Landín R.: Leer: un trabajo a tiempo completo | Columnistas | Opinión
La lectura deja de ser únicamente un aprendizaje técnico para convertirse en una experiencia sensible y transformadora.







