Esta semana firmaré esta columna, como todas las que he escrito; pero no va a ser mía, por mucho que sea yo quien le ponga el texto. Prometo que son mis dedos los que teclean estas palabras, mi cabeza la que las dicta, mis ideas las que expreso pero al final serán solo el resumen y la conclusión de lo que alguien, cuyo nombre no puedo revelar, me ha dicho -sabiéndolo o sin saberlo-. PublicidadTrabaja en un establecimiento que visito con frecuencia. Siempre nos hemos sonreído por sus pasillos. Nos caemos bien y ambos lo sabemos, aunque hasta ahora no hubiéramos descubierto hasta qué punto, siendo unos completos desconocidos, nos apreciamos. Me atrevo a decir que de alguna manera nos queremos. M. esta vez se atrevió. Se acercó y me habló susurrando. Me dijo: no me puedo creer lo que están haciendo. He dejado de creer en la Justicia y en los medios. Ya no escucho las noticias. Me casé gracias a Zapatero. Me voy a comprar un piso gracias a las últimas ayudas que ha aprobado para la compra de vivienda este gobierno. Tengo cuarenta y tantos años y he prosperado aquí a base de trabajar festivos, de vivir medio esclavizado. He visto como las subidas del salario mínimo han cambiado la vida a muchos. No puedo señalarme como progresista, por eso te hablo bajito, pero no voy a dejar de pensar que han intentado tumbar a este gobierno desde el principio. Y la gente como tú sois muy importante para nosotros. No desfallezcas. Estamos contigo. Al menos que sepan que no somos tontos, que vemos lo que están haciendo. Me cogió del brazo, me miró con cariño y me lo apretó como señal de ánimo mirando también hacia los lados, intentando que el gesto fuera fugaz para no ser visto. M. se fue y me abandonó perpleja en aquel pasillo. Se me saltaron las lágrimas, me las tragué y decidí escribir esta columna para decir lo que en ese momento no había dicho: por favor, no convirtamos todo en los tuyos o los nuestros. PublicidadLa escena confirma que pase lo que pase ya se ha sembrado una desconfianza abismal en las instituciones, una brecha tan brutal que imposibilita que algunos muchos puedan buscar en el discurso de los otros la parte de verdad que la falta de autocrítica impide, el enriquecimiento mutuo de los discursos opuestos, la gracia de la pluralidad, la riqueza de los sistemas democráticos. Hace mucho tiempo que veo sinrazón de su lado, ahora la veo también en el nuestro y no sé qué hacer con esto porque entiendo la frustración, porque reconozco la tentación de justificar en eso todo o también la de darles paso y listo.Yo también veo el acoso y derribo desde que PP y Vox no consiguieron formar Gobierno. Salta a la vista el silencio informativo en algunos casos y la filtración permanente de otros. Los tiempos tan distintos. Los indicios que prosperan y los que no. Las investigaciones que se abren y avanzan y las que o no se admiten o son eliminadas de un plumazo. Son demasiadas. Vienen de lejos. Primero contra Podemos y los independentistas catalanes. Ahora contra un gobierno, ya con sentencia sin pruebas contra el fiscal general del Estado.PublicidadY, sin embargo, nada de todo esto es lo más grave. Lo peor es que nos están extirpando el sentido crítico y la confianza en la democracia. Nos empujan al abismo de los tuyos o los míos. Imagino a muchos intentando hacer equilibrios en el borde de este precipicio al que nos han llevado. No nos moverán, me digo. Nos aferraremos a este lugar tan incómodo. Perseguiremos la verdad y la justicia tanto en nuestro patio como en el suyo. No debemos dejar de ver lo que vemos ni pretender saber más de lo que sabemos. No seamos ni ciegos ni locos. Solo pidamos la misma justicia para todos.