El pasado jueves, ustedes aún no lo sabían, fue mi último día como defensora del lector. Al cerrar la puerta del despacho, me desligué del título por el que muchos de ustedes, también los periodistas, se han dirigido a mí en este tiempo: pertenece ya a Ana Lorite, hasta ahora jefa de la Unidad de Edición. Poco antes de que se cumpla el límite de cuatro años que fija el Estatuto del Defensor del Lector de EL PAÍS, se produce la renovación reglamentaria. El director ha designado a una periodista experimentada, dotada de un sentido común implacable. No obstante, no comenzará como defensora hasta septiembre, tras las vacaciones de verano. Me voy contenta porque los lectores quedan en las mejores manos, pero antes, en mi último artículo, quiero compartir algunas reflexiones: Independencia. A menudo me escriben quienes reprochan al periódico falta de objetividad cuando lo que quieren no es un criterio independiente, sino que se trate bien a los suyos, ya formen parte de un partido político, un club de fútbol o un territorio. Pero esta institución existe para atender a los lectores, no a los grupos de presión. Esta semana ha llegado un aluvión de correos de los ARMY, los seguidores del mítico grupo de k-pop BTS, que actuó dos días en Madrid, en los que protestan por la crítica del concierto del día 26, publicada al día siguiente. Los argumentos, que se repiten en las cartas enviadas en cadena, se basan en que el artículo “se aleja por completo de la objetividad exigible a la profesión periodística”, pero confunden la información con un texto de opinión. En una noticia resulta exigible dar voz a las distintas versiones de los hechos, pero una crítica de espectáculos, como era el caso, es por definición subjetiva. En este caso, responde a la perspectiva de la autora, a la que claramente no le entusiasmó lo que vio y lo cuenta con plena independencia. Objetividad. La objetividad no significa retratar los hechos con neutralidad o falsa equidistancia, sino abordar cualquier asunto con amplitud de miras y ser exhaustivo en la búsqueda de información —“Sin miedo ni favor”, como decía la declaración de principios del New York Times―, de forma que se entregue al lector un retrato veraz de lo ocurrido. En él, el periodista debe hacer un esfuerzo para explicar qué sabe, no lo que él supone que ha ocurrido; y aclarar todas las incógnitas y puntos ciegos que durante su investigación no haya podido resolver. Echo de menos que las informaciones no expliquen mejor la técnica periodística. Los lectores lo agradecen y el periódico gana en calidad cuando se hace. Etiquetas. El caso de BTS me sirve para ilustrar una cuestión que me preocupa desde hace tiempo: el diseño con el que se han diferenciado tradicionalmente los géneros periodísticos ha dejado de ser evidente, especialmente en los formatos digitales. Los reportajes, las crónicas, los análisis y los artículos de opinión se identifican en la web y en la app con un epígrafe en la cabecera, pero con un tamaño de letra tan pequeño que pasa inadvertido. Tampoco se entienden ya algunos códigos, como que el titular vaya en cursiva para señalar la subjetividad del texto. Resulta urgente repensar este tratamiento de los géneros en la era digital porque suele ser foco de incomprensión mutua entre lectores y redactores. Comentarios. Los foros del periódico ocupan buena parte del trabajo de un defensor, porque se le piden explicaciones por la moderación, aunque en la gran mayoría de las quejas los mensajes borrados incumplían las normas de participación. Los comentaristas son muy pocos (una media de 2.400 al día de un total de 476.000 suscriptores, el 0,50%, en lo que va de año), pero hacen mucho ruido y los menos pretenden erigirse en la voz de los lectores. Sin embargo, la actitud faltona de unos pocos difiere de quienes se toman el trabajo de escribirme para informar de fallos o expresar su crítica constructiva, con el fin de mejorar entre todos el periódico. O de aquellos que acudieron al festival que celebró EL PAÍS en mayo por el 50º aniversario: eran muy diversos y alegres, pero no ruidosos. Experiencia. Asistir en primera fila al desfile de los intereses de los lectores se convierte en una cura de humildad para cualquier periodista. Los reporteros piensan que su trabajo es lo fundamental, pero el público vive un periódico como una experiencia completa, donde los accesos sin trabas a la edición digital o el papel adecuado para que el ejemplar resulte legible tienen tanto peso como la información de calidad. Por otro lado, la relación de un lector con su periódico se sustenta en hábitos y cualquier cambio de formato se convierte en una potencial catástrofe. Nunca olvidaré cuando se decidió pasar el crucigrama blanco del domingo al sábado, por la avalancha de mensajes y la furia de algunos de ellos. Por eso, entre mis mayores satisfacciones está haber logrado a petición de los lectores el reajuste del tamaño de la letra de las definiciones de los pasatiempos en papel, en mayo de 2024. También considero un logro de ustedes que las alertas del móvil, a las que dediqué mi primer artículo como defensora, ahora tengan seis opciones de segmentación por temas. Consejos. Quiero agradecer a todo el equipo de EL PAÍS la disposición a ayudarme y la deportividad con que se asumen las críticas de los lectores. Cuando llegué al puesto, pedí ayuda a Soledad Gallego-Díaz, pionera en tantos campos que también fue la primera mujer que ejerció de defensora, en 1993. Ella, que participó en el debate y creación de las instituciones periodísticas en las que se basa EL PAÍS, me explicó que ser defensor no consistía en enjuiciar a los periodistas ni en reprenderlos, sino en hacer de portavoz de los intereses de los lectores, para explicarles cómo se ha realizado cada trabajo y en qué aspectos se ha fallado. Para seguir sus consejos, he intentado ser didáctica, porque pronto advertí un desconocimiento general sobre el método periodístico, pese a que los reporteros lo consideran obvio. Ojalá haya logrado así acercarles un poco más al periodismo que hacemos. Para mí ha sido un honor defenderlos. Es hora de otras tareas, y de recuperar mi nombre. Para contactar con la defensora puede escribir un correo electrónico a defensora@elpais.es.
Antes de recuperar mi nombre
Una reflexión sobre los lectores, la objetividad, los errores y algunos desafíos de un periódico en la era digital
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