Tengo en mis manos tres hojas de carpeta amarillentas.

En esta porteña tarde gris, leo y releo lo escrito en tinta azul con mi letra de niña y algunas oportunas correcciones en rojo de la señorita Azucena.

Algunas frases resuenan en mi cabeza con la voz y la entonación exactas de quien las dijo.

Sobre todo las primeras; quizá, claro, por la cantidad de veces que retrocedí la cinta del casete para desgrabar la charla.

Pasaron 41 años desde ese momento guardado en mi memoria en el que Fanny, la mujer que trabajó para Jorge Luis Borges durante décadas, nos abrió un domingo por la mañana la puerta del departamento de la calle Maipú al 900.