Noticias hoyAna María Shua. Autora de Todos los universos posibles y El cuerpo roto.Cuando escucho la palabra Borges pienso en mi infancia. En ese momento mágico y extraño en el que leí, a los diez años, “El inmortal” y “El milagro secreto”. Para empezar, fue extraordinario darme cuenta de que ese hombre, el Inmortal, era Homero. Y que Borges me lo estaba diciendo a mí, nada menos que a mí, porque sabía que yo lo iba a entender: descubrí el placer de la complicidad intelectual. Pero hubo algo mucho más importante.Yo era ferozmente lectora (lo que me provocaba muchos problemas sociales) pero nunca me había dado cuenta de que no eran las peripecias de los personajes lo que me fascinaba, sino las palabras con las que se narraban. Y leyendo esos dos cuentos (salteando por supuesto los párrafos eruditos, que no entendía y solo me aburrían) se produjo la revelación como un estallido de felicidad y supe, pero sin saberlo, porque a esa edad nunca habría podido explicarlo, supe por primera vez que era eso, que allí estaba, que las palabras eran todo, que ese era el milagro secreto.Jorge Fernández Díaz. Novelista y periodista. Autor de El puñal.Yo era un niño y venía de leer a los clásicos modernos de la Colección Robin Hood cuando de pronto una maestra me reveló a Borges. Leímos en clase “El sur”, y yo sentí de inmediato que el mundo se detenía y que me estaban abriendo una puerta al otro lado del castillo de la gran literatura. Desde entonces he leído y releído con pasión sus obras completas. Que, como decía Luis Chitarroni, contienen ideas, enigmas, secretos y asuntos filosóficos y literarios que todavía no hemos descifrado del todo. Borges, además, me condujo a su canon, a sus filias y fobias, y no puedo dejar de pensar que me ayudó en mi tarea de articulista: cada viernes, cuando abordaba mi columna dominical, leía una página al azar de alguno de sus libros para tener frescos esa precisión, ese ritmo y cadencia, y, sobre todo, ese modo genial de la condensación narrativa y argumentativa. En lugar de hacer grandes ensayos, se limitó a formular sus precisas sinopsis; en vez de acometer novelas, se abocó a escribir resúmenes deslumbrantes. Fue capaz de desplegar en tres páginas la biografía completa de un hombre, una teoría antropológica, un mundo paralelo. Ese principio de condensación, en un castellano limpio y concentrado que desafiaba el barroquismo y la morosidad de la prosa española, es acaso uno de sus grandes legados a la lengua.Esther Cross. Narradora. Publicó La mujer que escribió Frankenstein.“El Sur” y Dalhmann caminando despacio “para hacer durar las cosas” antes de la pelea a cuchillo. Eso me impresionó muchísimo cuando lo leí por primera vez porque yo misma trataba de ir despacio, como si el final del cuento fuera un destino. También esta frase del prólogo a Crónicas marcianas, que me dieron poco después en el colegio: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois (…) para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?”. Pienso, enseguida, que Borges despertó una conciencia nueva en los lectores, y me pregunto cómo lo hizo. Imagino que fue por reflejo, que esa conciencia es un regalo de su originalidad. Borges era un genio atento a los sueños, lleno de humor, que vivió la literatura intensamente. Cada vez que alguien lo nombra, me acuerdo de su voz tímida mejorando la realidad en conferencias y entrevistas. Era tan epigramático cuando hablaba que resulta imposible deformarlo.AA.VV.Bio completaRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOJorge Luis Borges
Borges y yo: Shua, Fernández Díaz, Cross
¿Qué es lo que la palabra Borges les dice a sus lectores actuales? ¿Qué les evoca, qué los hace pensar? A cuatro décadas de su partida, en el número especial de Revista Ñ de junio 40 escritores, dramaturgos, músicos y artistas responden y y demuestran que su obra y su influencia siguen brillando como nunca.Acá opinan Ana María Shua, Jorge Fernández Díaz y Esther Cross.












