Hemos perdido el control sobre nuestro presente, así que empezamos a planificar el futuro de forma enfermiza

Mi yo del año pasado tenía dinero y energía. Y mi yo de este año está pagando las consecuencias. Tuve en diciembre una paga extra y una actitud vitalista, así que me dediqué a comprar alegremente entradas para conciertos. Este fin de semana fui al segundo. Ya solo me queda uno para acabar con un maratón musical para el que no estoy preparado. Y he empezado a desarrollar cierto resquemor con aquel Enrique navideño y jaranero, que se creyó con la autoridad moral para organizarme la vida, y algo de miedo a caer yo en los mismos desmanes con mi yo del futuro.

Los eventos del presente son tan bombásticos y demandados que tienes que haberlos reservado en un pasado remoto. Es como si siempre estuvieras haciendo una cola interminable, esperando durante meses la llegada de eventos difusos mientras la vida pasa. Entre que organizas un plan y efectivamente lo ejecutas, pueden suceder divorcios, nacimientos y despidos. Y esto da lugar a una curiosa disonancia emocional: puede que seas una persona diferente a aquella que compró las entradas con unas ganas que se fueron desinflando con los meses.