La necesidad de tener control sobre los planes, reducir la incertidumbre y el contexto social pueden llevar a cerrar el calendario estival demasiado pronto

Es un día cualquiera de abril. Una persona ha quedado con sus amigos para tomar algo. En el devenir de la conversación surgen posibles escapadas para las vacaciones de verano: un fin de semana a la playa, una casa rural a finales de agosto, una semana al norte de Italia para visitar Milán, Bérgamo o Cinque Terre… Pero pronto comienzan a sonar voces discordantes: muchos de ellos no pueden cuadrar fechas por los compromisos ya cerrados. Aún quedan dos meses para el comienzo del verano, pero la utopía de lograr que vivan una experiencia en común se vuelve prácticamente imposible. ¿Por qué tendemos a planificar el verano o el tiempo libre con tanta antelación?

“De ilusión también se vive. Cuando estamos anticipando esas situaciones de futuro, el cerebro también está disfrutando, se planifica como si fuera un simulador. Actualmente, también tendemos a planificar todo en exceso a través del cerebro prefrontal”, explica María García Gómez, doctora en Psicología y docente e investigadora universitaria.

La planificación, por consiguiente, es un modo de imaginar y disfrutar los acontecimientos en el futuro de la manera que se desea y también de mantener el control y la seguridad sobre lo que vaya a pasar. “Esta planificación no es insana o mala de por sí. Lo que pasa es que tendríamos que diferenciar hasta qué punto esa situación nos limita”, alerta Silvia Martínez, psicóloga sanitaria y experta en temas de ansiedad y control. “A veces, nos excedemos en anticiparnos porque hoy tenemos control de todo. Eso nos puede generar incluso ansiedad, y el no planificar, el improvisar, nos puede generar sentir que perdemos el tiempo o planes. Nos da tranquilidad y seguridad el saber qué nos vamos a encontrar”, añade, al mismo tiempo que destaca la importancia de las expectativas de cara a cómo nos queremos sentir en el futuro.