Los pequeños campos huérfanos de trigo, colza y maíz se han convertido en grandes y cuidadas extensiones de hierba fresca

Toda mi vida quise montar a caballo, pero lo único que conseguí fue caerme de un burro, por no decir que me tiró una, dos y hasta tres veces antes de alcanzar por separado la meta del Revolt de la Corrida, el momento cumbre de La Candelera, un día de luz y gloria en Perafita, el pueblo seguramente más equidistante del Lluçanès. Las dos banderas que presiden el desfile de caballos y carruajes anuncian que no es una celebración cualquiera, sino que se trata de la fusión de la fiesta en honor de Sant Antoni Abad -estandarte amarillo- con la de la Candelera -el rojo-, después de unos años de litigio sobre la fecha en que se debía bendecir y homenajear a los animales con el popular Tres Tombs.

Algunos entendieron que para atraer a más público convenía desmarcarse de la festividad tradicional de enero organizada en cada pueblo y trasladarla a febrero con el argumento de ser catalogada como una feria desde 1954. La leyenda dice que durante un tiempo montaron su propia carrera de caballos para la Candelera, al tiempo que se mantenía la de Sant Antoni. La convivencia y la competencia de ambas explicaría mucho del carácter del pueblo y de la comarca de la misma manera que la confluencia final avala la posibilidad de llegar a acuerdos en un territorio descuartizado y que ahora camina de la mano del Consorci por la vía de la Mancomunitat, sin saber si llegará hasta el Consell Comarcal.