La fotografía me la mostró el miércoles Adela, la funcionaria de Correos que regularmente viene a mi casa a traerme la correspondencia. Su hija es alumna de un Instituto de Patraix, y en la instantánea se veía un termómetro marcando 35 grados. “Es del aula de mi hija”, decía. No es un caso aislado. La mayoría de centros educativos de la Comunidad Valenciana (y de otras autonomías) no disponen de sistemas de climatización para paliar los efectos del calor y, también, del frío. Un problema que ha vuelto a denunciarse en esta huelga indefinida del profesorado valenciano que, esperemos, finalice con un acuerdo entre la Consellería y los sindicatos convocantes. Imagen de recurso de un colegio que hace frente a la calor con ventiladores en las aulas. Xavier JurioHabrá que reconocer que el cambio climático se ha cargado, en buena medida, la primavera y el otoño. Los periodos de transición se reducen cada año y dan paso a cambios bruscos entre el calor extremo y ese frío húmedo tan característico de nuestra geografía. En estas condiciones, ciertas actividades se convierten en un auténtico suplicio. Entre ellas, permanecer durante horas con veinte o treinta personas en un aula sin ningún tipo de soporte climático artificial. Basta observar lo que está sucediendo este mismo año. Desde finales de mayo se registran temperaturas que parecen más propias de otras latitudes y que convierten el final del curso en un ejercicio de resistencia para alumnos y profesores. Tampoco hace falta ser científico para intuir que tras el verano llegará un septiembre sofocante y, probablemente, un otoño marcado por episodios de lluvias torrenciales y danas que volverán a alterar la normalidad educativa. Es el escenario al que nos estamos acostumbrando.No se trata, además, de un problema exclusivamente valenciano. Basta leer lo que está ocurriendo estos días en el País Vasco, donde algunas aulas se han convertido en auténticos hornos y ya se han registrado desmayos y lipotimias entre alumnado y profesorado. O mirar hacia Francia, donde las redes sociales se llenan de imágenes y bromas sobre cómo las altas temperaturas condicionan la actividad cotidiana. Nadie parece estar a salvo de una realidad que la ciencia lleva años anticipando. Por eso sorprende que una cuestión tan evidente siga sin afrontarse con la determinación necesaria por parte no solo de la Generalitat, si no también con la colaboración de los Ayuntamientos (algunos han pagado por su cuenta sistemas de climatización) e incluso el Gobierno. Porque el calor excesivo no solo genera incomodidad; reduce la capacidad de concentración, aumenta el cansancio y convierte cualquier explicación de matemáticas, historia o literatura en una tarea mucho más complicada de lo que ya es.Lo curioso es que si uno visita un hospital, una universidad o cualquier edificio administrativo del Gobierno Español (por ejemplo las oficinas de la Seguridad Social o de Hacienda) la Generalitat Valenciana o de los ayuntamientos, encontrará sistemas de climatización plenamente normalizados. También sucede en las universidades, y sé de lo que hablo porque ejercí durante dos décadas como profesor asociado en la Universitat de València, UV. Resulta difícil explicar por qué la climatización se considera una necesidad básica en esos espacios y no en los centros educativos donde pasan buena parte de su jornada miles de estudiantes y docentes.La exigencia se dirige hoy al Consell de Pérez Llorca, pero sería injusto olvidar que este problema ya existía durante los gobiernos de Ximo Puig y en los anteriores. La diferencia es que ahora las temperaturas son más altas, los episodios extremos más frecuentes y la sensación de urgencia mucho mayor.La conselleria de Carmen Ortí, a la que bastante presión le acompaña ya en la negociación educativa, ha optado por emitir instrucciones que permiten modificar horarios y actividades en episodios de calor intenso. La medida puede ayudar a gestionar situaciones puntuales, pero difícilmente resuelve el problema de fondo. Más bien confirma que seguimos actuando sobre las consecuencias sin afrontar las causas. Y ahí reaparece una vieja anomalía valenciana. Adaptar centenares de centros educativos exige inversiones importantes. Sin embargo, la insuficiencia financiera de la Comunitat Valenciana continúa limitando la capacidad de los distintos gobiernos para responder a necesidades que, lejos de disminuir, se agravan con el paso de los años.Todo ello importa poco a las decenas de miles de alumnos y a los miles de profesores que estos días acuden a sus centros preocupados por las condiciones que encontrarán en las aulas o por los efectos de un sol implacable durante los recreos. Porque el problema ya no es si llegarán nuevos episodios de calor extremo o fenómenos meteorológicos cada vez más agresivos. Llegarán. La cuestión es si estaremos preparados para afrontarlos.Tarde o temprano habrá que diseñar un plan energético ambicioso que permita adaptar los centros educativos valencianos a una realidad climática completamente distinta de la que existía hace apenas unas décadas. De momento, la respuesta sigue pendiente. Y cada verano que pasa resulta más difícil justificar esa demora.Licenciado en Ciencias de la Información por la UAB y Doctor en Comunicación por la UV. Delegado en València y redactor jefe de La Vanguardia desde 1991