Es un festival amarillo y rojo. Greenpeace ha visitado seis centros educativos de Alicante, Ourense, Barcelona, Madrid y Sevilla con cámaras térmicas para comprobar las condiciones en que se encuentran estos días alumnado y profesorado y las imágenes —azul oscuro para la temperatura más baja, amarillo para la más alta— hablan por sí mismas.

Aulas por encima de los 27 grados que fija la ley como el máximo para realizar trabajos sedentarios. Patios que, en algunos puntos expuestos al sol, suben hasta 50. Las zonas buenas, a la sombra, se quedan en 29. Comedores a 30 grados. Ninguno de los seis centros educativos analizados baja de los 24 grados que se consideran el máximo antes de que el rendimiento del alumnado en clase empieza a caer progresivamente.

“Los menores son un colectivo especialmente vulnerable a la deshidratación, al agotamiento por calor y al estrés térmico”, sostiene la organización. “Sus mecanismos de termorregulación ante temperaturas extremas no son tan eficientes como los de las personas adultas (...) y sus patrones de comportamiento, como realizar actividades al aire libre o no hidratarse con la frecuencia adecuada, también afectan a esta vulnerabilidad”, explica la organización.