¿Qué tal, cómo va todo? ¿Fresquito en la oficina con el aire acondicionado? Tienes suerte si es el caso, podrías estar cinco horas al día en un aula dejándote la salud a más de 30 grados.

Este año más temprano que nunca estamos viendo ya lo que fácilmente sea la mayor vergüenza del país curso tras curso. Y mira que está la educación para darle una vuelta, pero personalmente no sé si hay algo más grave que el espectáculo anual de clases convertidas en hornos, pequeños y mayores de todas las edades sudando a 30 grados desde las 9 de la mañana. Creo que no pasa en ningún otro sector (sin entrar, claro, en la gente que trabaja al aire libre).

Este curso se ha añadido una novedad –o ha trascendido públicamente, igual ya había pasado–, que son las familias pagando ellas mismas o buscando fondos debajo de las piedras para instalar aires acondicionados ante la pasividad de las administraciones, porque siempre hay un piso más en el sótano de la ignominia.

Las familias no saben qué hacer ya y en comunidades autónomas como Aragón el caso ha llegado a la inspección de trabajo. Como nos explicaba una madre hace unos días, las familias están cansadas de que la inspección educativa ignore absolutamente este tema y han decidido abordarlo por legislación laboral, ya que los profesores no dejan de ser trabajadores y sus centros de trabajo no cumplen el requisito legal de un máximo de 27 grados en oficinas.