Un latinoamericano que aterriza en Madrid con una maleta y poco más suele tener algo que una millonaria recién llegada desde el mismo origen no siempre encuentra en Barajas: una red. Puede que lo espere un primo en Alcorcón, una hermana en Carabanchel, un amigo en Usera o un antiguo compañero de universidad que le deja un sofá durante unas semanas. Puede que llegue con poco dinero, pero llega con teléfonos a los que llamar, con alguien que le explica cómo se pide cita para el empadronamiento, dónde buscar trabajo o qué barrio conviene evitar. La heredera de una fortuna venezolana, mexicana o colombiana puede llegar de una forma muy distinta. Viaja en business, duerme en un hotel de cinco estrellas mientras busca piso en el barrio de Salamanca, tiene dinero suficiente para comprar sin hipoteca y puede pagar colegio privado, chófer, abogado, gestor y decorador. Pero al bajar del avión descubre un problema que no se resuelve con una transferencia bancaria: instalarse en Madrid es fácil; pertenecer a Madrid, no tanto. La capital se ha convertido en los últimos años en uno de los grandes refugios europeos de las élites latinoamericanas. Llegan familias venezolanas que dejaron atrás la inestabilidad política y económica de su país, empresarios mexicanos que buscan una base europea, colombianos que reparten su vida entre Bogotá, Miami y Madrid, argentinos de alto patrimonio y fortunas que han convertido España en una mezcla de residencia, inversión, seguro vital y plataforma social. El fenómeno ya no es anecdótico. Según el INE, la población residente en España alcanzó los 49,68 millones de habitantes a 1 de abril de 2026, máximo de la serie histórica, y las principales nacionalidades de los inmigrantes durante el primer trimestre fueron la colombiana, la marroquí y la venezolana. En el conjunto del país, a 1 de enero de 2025 vivían 9,46 millones de residentes nacidos en el extranjero, y casi una cuarta parte había llegado en los dos años anteriores. Madrid concentra buena parte de ese cambio. El Ayuntamiento cifró en 3.527.924 los habitantes empadronados en la ciudad a 1 de enero de 2025. El 20% tenía nacionalidad extranjera y más del 30% había nacido fuera de España. En la comunidad, distintas explotaciones del censo han situado ya por encima del millón las personas nacidas en países hispanoamericanos, una cifra que hace 25 años apenas superaba las 80.000. Madrid, que durante décadas miró a América Latina como un espacio cultural o histórico, la tiene ahora dentro de sus portales, sus colegios, sus restaurantes, sus despachos, sus clubes y sus calles. Llegar y pertenecer Pero no todos llegan igual. Y no todos necesitan lo mismo. Para las clases trabajadoras o medias, la migración suele apoyarse en redes familiares, barrios de acogida, compatriotas, cadenas laborales y comunidades ya asentadas. Para las grandes fortunas, el problema es distinto. No se trata solo de encontrar casa, sino de encontrar sitio. No solo de abrir una cuenta bancaria, sino de abrir una agenda. No solo de comprar en Serrano, sino de ser invitada a la cena correcta. Beatriz Jiménez Blasco, profesora de geografía de la Universidad Complutense de Madrid, cree que la integración de estas grandes fortunas presenta características distintas a las de otros procesos migratorios. Mientras que muchos inmigrantes de clases medias o trabajadoras llegan apoyados por redes familiares, vecinales o comunitarias ya asentadas, quienes pertenecen a las élites económicas suelen contar con menos puntos de apoyo iniciales. “Generalmente no era nadie muy rico”, explica sobre las personas migrantes que ha estudiado, aunque recuerda el caso de una persona de elevado patrimonio que había construido buena parte de sus relaciones sociales a través de la iglesia. La profesora señala que las comunidades latinoamericanas mantienen en España una religiosidad más intensa que la española y que esos espacios pueden funcionar también como lugares de encuentro y generación de confianza. “Los latinoamericanos son bastante más religiosos que los españoles”, afirma. En Madrid conoció otra forma de riqueza: caminar por la calle, sacar el móvil sin miedo Esa diferencia cultural puede convertir a determinadas instituciones sociales y religiosas en herramientas de integración especialmente importantes para quienes llegan sin una red previa consolidada. María Gabriela Cárdenas, conocida por sus amigos como Toti, llegó a España desde Venezuela con dos hijas pequeñas y una decisión marcada por el deterioro de la vida cotidiana en su país. “Siempre tiene que haber una razón importante para emigrar y para mudarse de país, porque yo creo que, sinceramente, todos queremos mucho nuestros países y no pensamos en emigrar”, explica. En su caso, esa razón fue Venezuela. “Las cosas cada vez iban a peor”, recuerda. El punto de inflexión llegó con un gran apagón: “Pasamos como un mes sin agua y sin luz. Quien no lo vive no lo entiende”. Vivió entre Colombia, Miami y Madrid. (Foto cedida) Su relato desmonta una caricatura habitual sobre la migración rica: la de quien se va por capricho, por moda o por comodidad. “Llega un punto en que sientes que ni siquiera, por más dinero que tengas, tus necesidades básicas están cubiertas de la manera adecuada”, cuenta. En Venezuela, explica, había vivido con “choferes, carros blindados” y escoltas. En Madrid descubrió otra forma de riqueza: caminar por la calle, mirar el móvil sin miedo, coger un taxi, usar el metro, hacer la compra sin angustia. “Yo valoraba poder atender el móvil mientras iba caminando en la calle, no tener miedo de que me arrancaran la cartera, poder montarme en un taxi sin estar asustada, utilizar el metro, el autobús…”, resume. En su caso, la decisión de venir a España tuvo también una razón jurídica y familiar. Su entonces marido, judío sefardí, estaba tramitando la nacionalidad española, y sus hijas podían obtenerla también. La familia llegó inicialmente con una visa no lucrativa, un permiso pensado para quienes pueden acreditar medios económicos suficientes y seguro médico, pero que no permite trabajar. Después, cuando su marido y sus hijas obtuvieron el pasaporte español, ella pudo cambiar su residencia. Aun así, tardó cuatro años en conseguir la nacionalidad. “No fue tan facilito para mí”, recuerda. El aterrizaje tuvo una prioridad: la educación de sus hijas. Primero las escolarizó en un colegio español y después terminaron en San Patricio, tras pasar por Santa María de los Rosales. El colegio (o sistema educativo -privado-) español la enamoró de inicio: “Las niñitas, el primer año, aprendían inglés y francés, la chiquita aprendió a tocar chelo y la grande tocaba guitarra”, explica. Para ella, la decisión se justificó pronto: “Si la decisión fue por la educación de mis hijas, ya valió la pena”. Para ella, La Moraleja se parecía demasiado a Caracas: una vida de coche para todo Madrid ofrecía, además, una promesa que no siempre se incluye en los rankings de inversión: normalidad. Cárdenas recuerda sus primeros días en el supermercado de El Corte Inglés, caminando por los pasillos y mirando productos. “Pasaba horas con el carrito de ver toda la selección de las cosas que yo podía comprar, que en Venezuela no podía”, dice. También aprendió a valorar algo tan pequeño como comprar una sola pasta de dientes, y no cinco “por si se acababa”. La ciudad, sin embargo, también obligaba a empezar de nuevo. “Yo me vine y yo no tenía ninguna amiga”, cuenta. Conocía a algunas personas, sabía que había muchos venezolanos, pero no tenía a nadie cerca. Al principio, dice, “te sientes muy solo”. La integración llegó por capas: gimnasio, amigas venezolanas, amigas de amigas, mujeres españolas, cumpleaños, comidas, colegios, recomendaciones prácticas. “Puede haber sido de seis meses a un año”, calcula sobre el tiempo que tardó en construir una vida social más estable. Toti Cárdenas, venezolana emigrada a Madrid. (Cedida) El caso de Toti no encaja en el relato de un rechazo frontal. Al contrario. “Yo digo que para mí España ha sido… no tengo una sola mala experiencia”, asegura. “Nunca me hicieron sentir como que yo no pertenecía, al revés. Siempre sentí que me querían ayudar”. Esa frase es importante porque obliga a afinar el diagnóstico. El conflicto de las élites latinoamericanas en Madrid no siempre se expresa como discriminación abierta. A menudo es más sutil: una diferencia entre ser bienvenida, ser consumidora, ser vecina, ser amiga y ser reconocida como parte de los círculos donde se acumula el poder social. La pertenencia a fundaciones puede convertirse en una vía para generar conexiones Jiménez Blasco considera que Madrid es una ciudad más abierta que otros entornos tradicionales españoles: “En Andalucía, por ejemplo, meterte en círculos de alto nivel viniendo de fuera es muy difícil”. La experta cree que las dinámicas de confianza siguen siendo importantes en los círculos de mayor estatus: “Madrid es un poco más abierto porque es una ciudad muy grande y con mucha más diversidad”, explica. Sin embargo, añade que en determinados ambientes sigue existiendo una preferencia por relacionarse con personas conocidas o recomendadas. “Hay un cierto intento de que sea gente cercana, que la conozcas, fiarte”, resume. Esa necesidad de generar confianza ayuda a explicar por qué el dinero no siempre basta para acelerar la integración social. La vivienda, los colegios o los restaurantes pueden comprarse inmediatamente, pero las relaciones personales suelen construirse de forma más lenta. En ese contexto, la pertenencia a fundaciones, asociaciones culturales, patronatos o iniciativas benéficas puede convertirse en una vía para generar conexiones y reputación dentro de determinados círculos. Está de moda tener casa en Madrid Liliana Briceño, colombiana, conoce bien esa geografía invisible. Vivió entre Colombia, Miami y Madrid, llegó a la capital española de la mano de una pareja madrileña y se instaló definitivamente en 2017. Después se mudó a Ciudad de México, aunque sigue vinculada a Madrid. Su experiencia es la de una generación de latinoamericanos de alto perfil que no migran en línea recta, sino en circuito: Bogotá, Miami, Madrid, Ciudad de México, Nueva York, Londres, Art Basel, vacaciones, colegios, inversiones, restaurantes, moda y eventos. “Generalmente los colombianos migramos primero a Estados Unidos y casi todos salimos hacia Miami”, explica. Con el tiempo, muchos de esos mismos perfiles han terminado coincidiendo en Madrid. “He conocido a lo largo de los últimos 15 años a gente mexicana y a gente colombiana que vivía en Miami y que, por todo lo que está pasando y este boom que tiene ahora mismo Madrid, viven hoy en día en Madrid”. Ese circuito ha convertido a la capital española en algo más que una ciudad de destino. Es una estación de una red transatlántica. Briceño lo explica con naturalidad: los mismos que se encontraban en Miami durante Art Basel se reencuentran ahora en Madrid, en restaurantes, aperturas, eventos de moda o clubes privados. “Finalmente todos aterrizamos, unos antes y otros después, en Madrid”, resume. No es una migración de ruptura total, sino una migración de rotación permanente. Para muchas fortunas latinoamericanas, Madrid no sustituye a Miami, Bogotá o Ciudad de México: se suma a ellas. Milla de Oro en Madrid. (Europa Press/Eduardo Parra) El dinero ayuda, pero no lo resuelve todo. En el mercado inmobiliario sí abre puertas. Según CBRE, la inversión latinoamericana en el inmobiliario español alcanzó 523 millones de euros en 2024, tres veces más que el año anterior. Desde 2019, el capital latinoamericano ha invertido más de 1.750 millones en el sector, con Madrid como destino dominante: más del 60% de la actividad desde 2019 y más del 75% en 2024. Las operaciones se reparten entre oficinas, residencial de lujo, hoteles, centros comerciales y activos de alto valor. La compra de vivienda por extranjeros, además, sigue siendo un factor estructural del mercado español: los notarios registraron 71.155 compraventas de vivienda libre por extranjeros solo en el primer semestre de 2025. En Madrid, esa llegada se percibe con especial claridad en barrios como Salamanca, Justicia, Chamberí o Jerónimos, pero también en La Moraleja, Aravaca o urbanizaciones de alto poder adquisitivo. Toti eligió vivir en el centro, por Goya y después cerca del Retiro, aunque sus hijas estudiaran fuera. “A mí me encantaba Madrid, y poder caminar y usar el transporte público”, explica. Para ella, La Moraleja se parecía demasiado a Caracas: una vida de coche para todo. “Si vives en lugares así, no sientes Madrid de verdad como es”. Briceño apunta una diferencia entre nacionalidades que se comenta mucho en los círculos de alto patrimonio. “Los mexicanos tienen una forma de moverse de pronto diferente de la de los colombianos”, explica. “Muy rápidamente te hablan de que están abriendo su quinta casa en Madrid. Eso, por ejemplo, ni siquiera un colombiano con mucho dinero lo hace”. Según ella, muchos mexicanos ya tienen casa en Ciudad de México, casa en la playa, casa en Miami y otra vinculada a sus viajes de esquí. “Ahora lo que está de moda es tener casa en Madrid”, dice. Una ganga al otro lado del Atlántico El resultado es una ciudad que para el madrileño medio se ha vuelto cada vez más cara, pero que para una parte del dinero latinoamericano es una ‘ganga’: “A un latinoamericano todavía Madrid le sigue pareciendo una ciudad barata”, sostiene Briceño. “Mientras que a un madrileño o a un español de otra ciudad que ha llegado a Madrid y que lleva 20 años viviendo ahí, hoy en día están escandalizados con los precios”. La comparación no se hace con Vallecas, Getafe o Valladolid, sino con Miami, Londres o Nueva York. “Tú le preguntas a un mexicano y dice: no, si todavía está barato el arriendo en Madrid, porque en Miami un arriendo empieza en 5.000 dólares”. Ese desfase de percepción tiene consecuencias. Quien llega con patrimonio global puede pagar precios que expulsan o incomodan a quienes ya estaban. Puede alquilar, comprar, reservar, escolarizar, consumir y contratar servicios sin la misma resistencia económica. Y eso modifica la ciudad. Briceño lo resume con una imagen: “Hoy en día conozco gente que renta el avión privado o viene en sus propios aviones solamente por un partido del Real Madrid y a la mañana siguiente se vuelve”. No habla solo de mexicanos o colombianos, sino de “gente de todas partes del mundo”, incluidos latinoamericanos que viven en Dubái. La diferencia está en la relación con el gasto. “Hay una visión del gastar y del consumo muy diferente en una cultura que en otra”. Madrid ha respondido a esa nueva clientela con entusiasmo. Restaurantes, marcas de lujo, galerías, inmobiliarias, colegios privados, clínicas, despachos, firmas de comunicación y clubes saben que ahí hay un mercado. Briceño, que trabajó en moda y tuvo una plataforma de venta mayorista de marcas latinoamericanas, lo dice con una frase difícil de mejorar: “Si me hubieran dado un euro por cada vez que una tienda me decía ‘quiero venderle a los mexicanos y a los latinoamericanos que están aquí’, hoy tendría millones”. "Una clienta quiere penetrar en la alta sociedad madrileña, pero le está costando" El punto delicado es que querer venderles no equivale necesariamente a querer mezclarse con ellos. Madrid se ha abierto al dinero latinoamericano con rapidez, pero su alta sociedad tradicional funciona con otros ritmos. El patrimonio permite entrar en restaurantes, comprar pisos, contratar interioristas, organizar fiestas, patrocinar actos, sentarse en cenas benéficas o aparecer en determinados eventos. Pero la pertenencia social se construye con otros materiales: apellidos, colegios, matrimonios, amistades heredadas, clubes, verano compartido, cacerías, patronatos, fundaciones, discreción y una red de confianza que a menudo se transmite de generación en generación. Por eso la polémica de Íñigo Onieva, surgida a raíz de sus declaraciones sobre el perfil de socios de su club privado Vega, prendió tan rápido. La frase sobre no querer que el espacio se convirtiera en “el club de los latinoamericanos” fue recibida como algo más que un comentario desafortunado. Tocaba una fibra sensible: la sospecha de que Madrid quiere al latinoamericano como cliente, pero no siempre como igual. La controversia, recogida por varios medios, provocó una respuesta casi unánime del propio ecosistema de clubes y negocios privados: los latinos son bienvenidos. Las propias entrevistadas, sin embargo, introducen matices. Toti trabajó con Tamara Falcó e Íñigo Onieva a través de su proyecto Reset by Toti, dedicado a la organización de casas y oficinas. “Me trataron de forma espectacular”, afirma. “Siempre me preguntaban cosas que tenían que ver con Venezuela, que si tenía familia, que cómo estaban las cosas, que dónde estaban mis hijos”. En su experiencia personal, no sintió desprecio, sino interés. “Nunca sentí ningún tipo de rechazo”, dice. Tamara Falcó e Iñigo Onieva, en un acto público. (Gtres) Briceño, que también conoce a Onieva, interpreta la polémica como un error de expresión más que como una hostilidad personal. “Él no pretendía decir lo que estaba diciendo, pero sonó peor de lo que él creía”, afirma. Según ella, la contradicción era evidente porque en su círculo hay “grandes mexicanos de muchísimo dinero” que forman parte del club, estuvieron en la apertura y se sintieron bien recibidos. Pero precisamente por eso el episodio resultó revelador. No porque demuestre que Madrid rechaza en bloque a los latinoamericanos ricos, sino porque dejó ver una incomodidad latente: cómo mantener la etiqueta de lo exclusivo cuando una nueva élite extranjera empieza a ocupar los mismos espacios que antes se suponían reservados a los de siempre. Esa tensión no se resuelve solo con dinero. En las grandes ciudades, el capital económico compra muchas cosas, pero no compra automáticamente capital social. Puede comprar una casa en Ortega y Gasset, pero no una genealogía madrileña. Puede comprar un palco, pero no una amistad de infancia. Puede financiar una fundación, pero no borrar la condición de recién llegado. Y ahí aparece uno de los fenómenos más interesantes de esta nueva élite: la búsqueda de legitimidad a través de la visibilidad social, la filantropía, los eventos culturales y las redes de influencia. La filantropía, de hecho, ha desempeñado históricamente esa función. Jiménez Blasco recuerda que durante los siglos XIX y principios del XX era habitual que las grandes fortunas financiasen colegios, hospitales o instituciones asistenciales. Aunque considera que hoy ese fenómeno es menos frecuente, cree que sigue existiendo una parte de las élites económicas que dedica una parte importante de su tiempo y recursos a actividades benéficas: “Eso ya hoy en día no es tan normal, pero sí sigue habiendo una parte de gente”, señala. Hay división interna: mexicanos, colombianos y venezolanos se mueven más entre sí Más que una simple estrategia de relaciones públicas, estas iniciativas pueden funcionar como espacios donde se crean vínculos personales, se comparte prestigio social y se accede a redes de influencia que no siempre están abiertas a los recién llegados. Para quienes aterrizan en una ciudad sin una agenda previa de contactos, la filantropía puede servir tanto para ayudar como para integrarse. No se trata necesariamente de impostura. Muchas personas recién llegadas participan en obras benéficas, patronatos, fundaciones o iniciativas culturales por convicción real. Pero en la alta sociedad madrileña la caridad también ha funcionado históricamente como un idioma de pertenencia. Permite estar, ser vista, coincidir, invitar, devolver invitaciones y situarse en un mapa donde no todo se dice. Quien no nació dentro de ese mapa necesita aprender sus códigos. La filantropía, los equipos de comunicación, los actos con causa y los proyectos culturales pueden actuar como un puente entre el dinero nuevo y el reconocimiento viejo. "Tengo una clienta millonaria que está invirtiendo mucho en filantropía", comenta a este periodista un importante relaciones públicas de la capital que prefiere preservar su anonimato por razones evidentes; "no quiere hacerse famosa por ello, no quiere que la entrevisten. Lo que quiere es penetrar la alta sociedad madrileña. Y no le está resultando fácil". Buscar algo que te recuerde a tu hogar Las redes nacionales también pesan. Toti reconoce que los grupos de amigos íntimos tienden a organizarse por origen. “Uno se siente como un poco más cómodo entre los venezolanos”, explica. “Cuando uno emigra y sales de tu país de origen, siempre quieres buscar como algo que te recuerde a tu hogar”. Briceño coincide y añade una división interna en el propio mundo latinoamericano: mexicanos, colombianos y venezolanos suelen moverse más entre sí, mientras que argentinos y chilenos circulan por otros espacios. La profesora Beatriz Jiménez Blasco señala que esas divisiones no son anecdóticas y que las comunidades latinoamericanas mantienen jerarquías, afinidades y prejuicios internos que sobreviven incluso después de emigrar. “En mi grupo de amigos no tengo amigos ni argentinos ni chilenos”, dice. “La gente en Colombia se ha relacionado más en alto perfil con la gente mexicana y con la gente venezolana”. Esa sociabilidad por nacionalidades no implica aislamiento. Al contrario, muchas veces funciona como primera puerta de entrada. Una amiga venezolana presenta a una española, una mexicana invita a una apertura, una colombiana conecta con una marca, una pareja local introduce en un grupo madrileño. Pero también muestra que la integración de las élites no es un proceso individual, sino tribal. Uno entra por redes, no por ventanilla. Y esas redes tienen memoria, jerarquías y fronteras. Briceño cuenta que después de separarse de su pareja madrileña mantuvo relación con aquel círculo, aunque “mínima”, y decidió abrirse a otros grupos. La frase parece privada, pero dice algo general sobre la ciudad: las redes sociales son frágiles cuando dependen de una puerta de entrada concreta. Para quien llega con pareja local, el acceso inicial puede ser rápido. Para quien llega sola, incluso con mucho dinero, el proceso puede ser más lento y más incierto. "Iba por Madrid y le dije a mi pareja: ¿no te sientes en Colombia?" El boom se intensificó tras la pandemia. Briceño asegura que ya había una migración importante cuando empezó a venir a Madrid, entre 2012 y 2014, pero que el cambio se notó “realmente fuerte” a partir de 2021 y 2022. “La última vez que estuve en Madrid, ya caminaba por la calle y le decía a mi pareja: no te sientes que estás en México o que estamos en Colombia”, cuenta. En barrios como Justicia, añade, “en cada esquina te encuentras a un mexicano”. Antes, dice, eso no pasaba. “Ahora se ha vuelto un poco como si todo el mundo fuera latinoamericano. Es impresionante el cambio que ha habido en los dos últimos años”. Ese cambio está transformando Madrid por arriba y por abajo. Por abajo, en barrios populares, comercios, iglesias, servicios, hostelería y cuidados. Por arriba, en el lujo, la restauración, la moda, el inmobiliario, los colegios, los clubes y los eventos privados. La presencia latinoamericana ya no es solo mano de obra ni solo comunidad migrante. También es capital, consumo, influencia y estilo de vida. Y esa es quizá la gran novedad: Madrid no solo recibe trabajadores latinoamericanos; recibe también élites latinoamericanas que compiten por definir qué significa ser parte de la ciudad. El conflicto, cuando aparece, no siempre adopta la forma de una puerta cerrada. A veces es una mirada, un comentario, una invitación que no llega, una mesa secundaria, una broma, una etiqueta, una sospecha de exceso, una diferencia de tono. La aristocracia madrileña, la alta burguesía y los círculos tradicionales pueden ser amables, incluso encantadores, sin dejar por ello de ser selectivos. Su frontera no está en el dinero, sino en la pertenencia. Y ese es el descubrimiento incómodo para algunas de las nuevas fortunas: se puede comprar media ciudad y seguir siendo nueva en ella. Madrid, mientras tanto, aprovecha la oportunidad. Vende pisos, mesas, colegios, bolsos, tratamientos, abonos, palcos, membresías y experiencias. Los negocios buscan a ese cliente porque gasta, viaja, invita, repite y compara la ciudad con mercados mucho más caros. Pero la aceptación social sigue otro calendario. Primero llega la inversión. Después, el consumo. Más tarde, las amistades. Y solo al final, si llega, el reconocimiento. Quizá por eso la historia de las grandes fortunas latinoamericanas en Madrid no es solo una historia de ricos. Es una historia de migración, de clase y de capital social. La misma ciudad que permite a una venezolana volver a caminar sin miedo, a una mexicana comprar su quinta casa o a una colombiana reconstruir su agenda entre Madrid y México, también les recuerda que el dinero abre puertas, pero no siempre abre salones. En Madrid, como en casi todas las capitales antiguas, una cosa es entrar. Otra, muy distinta, es pertenecer.
Comprar casa en Madrid no es pertenecer a Madrid: cómo se mueve hoy la élite latina
Al bajar del avión, descubren un problema que no se resuelve con una transferencia bancaria: instalarse en Madrid es fácil; pertenecer a Madrid, no tanto.







