En un artículo reciente tracé un paralelismo entre los tratados fundacionales de la UE/CEE y el Concilio Vaticano II, que no solo coincidían en el tiempo, a fin de aportar otra explicación adicional del eco que la posición del papa León XIV contra la guerra de Irán ha tenido en la opinión pública europea (y, por descontado, más allá de Europa, empezando por Estados Unidos), a lo que se puede añadir el impacto de su encíclica sobre la inteligencia artificial. Me remonté en dicho artículo al momento fundacional de Europa, que selló una especial relación de colaboración entre el imperio y el papado, que evoca lejanamente lo que está ocurriendo ahora, bajo circunstancias muy diferentes. Quisiera en este artículo profundizar en un propósito común que mueve a la UE y a la Iglesia católica, con el concurso de las demás iglesias, y que arroja luz sobre el entendimiento informal que existe entre ambas organizaciones. Este no es otro que la búsqueda de la unidad perdida, para reconstruir sobre una base más sólida sendos proyectos milenarios cuyos errores históricos tuvieron como una de sus principales consecuencias la división: la Iglesia conoció el cisma de Oriente en el siglo XI y la Reforma protestante en el XVI; el Imperio universal -que nunca fue tal, porque cuando Carlomagno recreó el Imperio romano hubo de pactar con el emperador bizantino Miguel Rangabé el mutuo reconocimiento imperial en el tratado de Aquisgrán de 812- vio contestada su primacía política a lo largo del siglo XVI hasta quedar relegado por los Estados nación en la paz de Westfalia de 1648. Europeos y papado perseveraron desde entonces en reparar el destrozo por la fuerza -de las armas en un caso, del encastillamiento dogmático y doctrinal en otro. Después de la Segunda Guerra Mundial el propósito permanecía inalterado, pero cambiaron el método y la inspiración: la violencia se descartaba y de la imposición se pasó a la persuasión mediante el ejemplo. El imperio benigno que, en palabras de Robert Kaplan, es la UE, no se amplió por la fuerza. A partir del núcleo inicial constituido por seis países, fueron el resto de los países europeos los que iban llamando a su puerta. La ampliación fue percibida por todos los Estados miembros como una de las razones de ser del proyecto, de modo que, por grandes que fueran las dificultades y complejidades para incorporar nuevos Estados europeos, nunca se ha cerrado esa puerta. De la misma manera, a nadie se le retiene contra su voluntad, y ahí está como prueba el artículo 50 del Tratado de la Unión Europea, al que se acogió Reino Unido para solicitar su salida de la UE. Compárese la actitud de la UE con Reino Unido con la de Rusia respecto a Ucrania y su deseo de mayor autonomía frente a un pretendido ámbito de influencia rusa. Ciertamente, el Brexit ha sido un trauma para la UE (y también para los británicos que estaban a favor de la permanencia), pero ambas partes procuraron que el divorcio fuera lo más amistoso posible, en la esperanza de que las relaciones siguieran siendo sólidas -como ha sido el caso-, y de que en un futuro se pueda volver a replantear el reingreso de Reino Unido en la UE sobre nuevas bases. La política de ampliación tiene su equivalente, por lo que se refiere a la Iglesia católica, en el diálogo interconfesional, uno de sus principios rectores desde el Concilio Vaticano II, y que significa la renuncia expresa al proselitismo, en este caso referido a los cristianos de otras confesiones. El propósito no es "reintegrar" a las otras iglesias cristianas o a sus respectivos fieles por separado, de la misma manera que Alemania o Francia, cuando se lanzó el proyecto de integración, no pretendían incluir a otros Estados bajo su soberanía, sino que se creó una organización ex novo para dar cobijo a todos. El propósito de la Iglesia -y del resto de las iglesias que participan en dicho diálogo- es poder restablecer la comunión cristiana entre ellas sin renunciar a lo esencial de cada una, algo así como el "unidos en la diversidad" europeo. Opinión TE PUEDE INTERESAR El trono y el altar Juan González-Barba ¿Cuál es el sustrato común de europeos, por una parte, y de las iglesias cristianas, por otra, para propiciar esta reunificación, reencuentro y reconciliación históricos? En el primer caso, el elemento básico es estar situado el país en el continente europeo, y en el segundo, tener a Cristo y sus enseñanzas como modelo y fuente de inspiración, según aparece reflejado en las Sagradas Escrituras. La dificultad estriba cuando se desciende al siguiente nivel de concreción, de ahí que resulte clarificador resaltar aquellos aspectos que ya no son centrales en el esfuerzo unificador. En lo que se refiere a la Unión Europea, la lengua y la religión han dejado de ser los marcadores definitorios, a diferencia de lo que ocurrió en la construcción de los Estados nacionales europeos. Cuando se critica a la UE por su régimen lingüístico, es preciso responder que sólo poniendo a las lenguas oficiales de los Estados miembros en pie de igualdad es posible trabajar por la unidad común sin herir identidades tan íntimas como las que crea la lengua materna. Gracias en buena medida a la secularización experimentada por el continente, las diferentes religiones -y, desde luego, las diversas confesiones cristianas- han dejado de ser un factor de encono, rivalidad y violencia. Todas las tradiciones cristianas tienen cabida en la familia europea y contribuyen a su enriquecimiento colectivo. Repárese en qué diferente es la situación actual en comparación con el siglo XIX cuando el expansionismo ruso se vestía en parte como panortodoxia, mientras que en la actual confrontación de Rusia con la UE, no solo, pero principalmente a cuenta de Ucrania, habría sido ridículo que Rusia invocase la protección de los ortodoxos, entre otras razones porque hay más iglesias nacionales ortodoxas en el seno de la UE o en los países candidatos al ingreso que fuera de ella (básicamente, sólo la iglesia rusa, que extiende su jurisdicción a Bielorrusia y a una parte de Ucrania). En el caso de la Iglesia católica, ni el rito ni la organización, antaño definitorios, son ya la base del reencuentro. En el caso del rito y, en términos más amplios, el culto, su carácter no esencial, por mucho que sea el aspecto más visible e impactante, había quedado de manifiesto con el reconocimiento de las iglesias de rito ortodoxo en comunión con Roma, siendo la primera la maronita desde la época de las cruzadas, y la más conocida la católica ucraniana o uniata, cuya comunión con Roma se restableció a finales del siglo XVI. Opinión TE PUEDE INTERESAR Progresismo y conservadurismo Juan González-Barba En la esfera política, el zócalo sobre el que se asienta la reunificación del continente son los valores comunes. Algo parecido sucede con el diálogo interconfesional de las iglesias cristianas. En este caso, los valores están conformados por los dogmas, y aquellos que son aceptados por casi todas las iglesias cristianas -en cualquier caso, por las que tienen mayor número de fieles y arraigo histórico: católica, ortodoxa, luterana, anglicana y reformada- son los que se contienen en los siete primeros concilios ecuménicos, encuadrados entre el primero de Nicea (325 d.C) y el segundo de Nicea (787 d.C). Sucede una paradoja: desde el punto de vista del dogma, las iglesias más cercanas son la católica y la ortodoxa, aunque las percepciones de sus respectivos fieles las vean más alejadas, porque tiende a sobrevalorarse la importancia del rito en la fe y, sobre todo, porque las ortodoxas se han desarrollado en su mayoría en el seno de dos imperios, el ruso y el otomano, que permanecieron al margen o en la periferia de la evolución que experimentó Europa occidental y central en la Edad Moderna. Entre la Iglesia católica y las englobadas bajo el nombre de protestantes (utilizo el término sólo a efectos clasificatorios, a sabiendas de que no es el preferido por las iglesias concernidas), la distancia dogmática es mucho mayor, la violencia del choque histórico es incomparable respecto al experimentado con la Ortodoxia y, sin embargo, la convivencia social entre sus fieles ha sido mucho más intensa desde que se extendió la tolerancia y se expandió la secularización en la sociedad europea. En una situación intermedia se encuentra la Iglesia anglicana, la más próxima en el dogma a la Iglesia católica de entre las protestantes -aunque menos que las ortodoxas-, y con una similar experiencia social e histórica entre sus fieles y los católicos. A esta paradoja se añade otra, de mucho mayor calado, porque apunta a un fenómeno que a primera vista puede resultar desconcertante: ¿Por qué la Iglesia católica tras el Concilio Vaticano II y el resto de las principales iglesias europeas han apoyado el proyecto de integración europea? ¿No deberían estar más cerca de las corrientes eurohostiles, que propugnan la recristianización del continente y hacen gala de un marcado sentimiento antimusulmán como seña de identidad cristiana, todo ello en un contexto de exaltación del Estado nación frente al "globalismo" de Bruselas? La respuesta quizá estribe en que el diálogo interconfesional es más fructífero cuando se ha establecido una "comunión secular" entre los fieles de las distintas iglesias. Si la convivencia es intensa y fluida, basada en valores compartidos que, en buena medida, traen su origen de valores religiosos pasados por el tamiz de la secularización, será más fácil intentar hallar puntos de encuentro entre posiciones de partida tan alejadas respecto al dogma. La falta de acuerdo sobre el número de sacramentos, sobre la consideración de la hostia consagrada o el papel de intercesión que pueden desempeñar la Virgen y los santos no son cuestiones menores, en cuyo trasfondo histórico se acumulan guerras, persecuciones, ejecuciones y martirios. Es preferible que el diálogo se desenvuelva en el presente y futuro de la integración continental que en el recuerdo de disputas entre naciones y en el interior de ellas por todas estas cuestiones. De la misma manera, el diálogo con las iglesias ortodoxas es más prometedor en el seno de la Unión Europea. He utilizado "iglesias" en plural porque, organizativamente, la Ortodoxia ha tendido a fragmentarse a medida que las distintas naciones de tradición ortodoxa iban consiguiendo independizarse, pues el patriarca ecuménico sólo conserva su plena jurisdicción entre los fieles ortodoxos que viven en países ajenos a la tradición ortodoxa. Entre sus competencias generales residuales, sin embargo, figura la facultad de conceder la autonomía a una nueva iglesia ortodoxa. Tan importantes en la lucha de Ucrania por escapar al control asfixiante de Rusia han sido tanto el reconocimiento de su candidatura a ingresar en la UE como la decisión (llamada Tomos) por el que el patriarca Bartolomeo II reconoció en 2019 la autocefalia de la Iglesia ortodoxa ucraniana, desgajándola de la de Moscú. Así, comprendemos mejor cómo las fuerzas contrarias al proyecto de integración europea, tanto externas (la Rusia de Putin, la actual Administración Trump), como internas, principalmente, pero no sólo, gravitando en torno a los Patriotas por Europa creados por Viktor Orbán, buscan fomentar un tradicionalismo cristiano que choca con la Iglesia católica y las otras iglesias cristianas más arraigadas. Uno de los baluartes del integrismo cristiano es la Iglesia ortodoxa rusa. Otro, el tradicionalismo católico del que quizá el movimiento lefebvriano sea el más conocido, formalizado en la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Y, especialmente, aunque esté en las antípodas del tradicionalismo propiamente dicho, algunas de las denominaciones más carismáticas de lo que se conoce genéricamente como iglesias evangélicas. Estas últimas están fuertemente implantadas en Estados Unidos, tienen cada vez más adeptos en Europa, y se caracterizan, a diferencia de la Iglesia católica y otras confesiones con raigambre histórica, por un proselitismo muy activo, no solo entre ateos, sino entre otros cristianos y, más allá, entre fieles de otras religiones, especialmente el islam. Se llega así a otro tema, además del de la recuperación de la unidad perdida, en que se aprecian sinergias entre la UE, la Iglesia católica y las demás iglesias con arraigo histórico. Me refiero a la aspiración a la universalidad, compartida por estas iglesias y la UE, y que merece ser abordada en otro artículo.