Nació mi adultez en Carabanchel, se hizo fuerte en Alto de Extremadura y se alimentó con gente que venía de Aluche, y allí precisamente estaba este fin de semana, en las fiestas barriales que se celebran en su parque, asombrado por el tamaño de las torres que lo rodean y por la música que entonaba el escenario y por las camisetas con frases orgullosas y divertidas como "las chicas buenas van al cielo y las malas a Aluche" que llevaban las chavalillas de las peñas vecinales. Pero nada de lo enumerado me sorprendió – ni dolió – tanto como los abrazos, los malditos abrazos que todos los chicos se daban, apretujados en la explanada del auditorio, cuando se encontraban con otros chicos a los que conocerían del barrio, de toda la vida; me quedaba embobado con sus sonrisas bien ejecutadas al encontrar a ese chavalillo al que aquella noche, como si el tiempo no hubiera pasado, volverían a llamar "amigo" esgrimiendo la complicidad imperecedera de quienes se han criado a dos calles y tienen a sus abuelos pudriéndose a dos nichos, fingiendo que las anteriores fiestas de Aluche, cuando por última vez se vieron, fueron solo hace dos días, y que cumplieron aquella promesa que nunca se cumple, no sé si por etílica o por nocturna o por jurarse bajo una música demasiado alta, de verse más tranquilamente, mucho más a menudo, para ponerse al día y contarse muy despacito la vida.PublicidadYo nunca me encuentro a conocidos de otro tiempo, de otra vida infantil y más joven, que me den abrazos con palmadas muy sonoras en la espalda y aprovechen los veinte segundos de conversación a orillas del parque, como si fuese una liturgia de carcajadas y dientes, para recordarme alguna anécdota más vergonzosa que divertida de cuando éramos críos e inmortales; no me encuentro a esa gente porque esa gente no existe para mí, es un privilegio, un lujo de otros que no han tenido que huir de un lugar bastardo a una ciudad que nos engulle y nos expulsa y nos obliga a rotar por aquí y allá, pero, al igual que el resacoso que se niega a abrir la boca tras la primera arcada porque prefiere tragarse la bilis, nunca nos termina de soltar. Aunque no me quejo – o no mucho –; no tengo derecho a hacerlo porque he construido una red de personas que me cogen el teléfono y me retienen aquí, que me quieren y que me dejan quedar para vernos, pese a que ahora haya depravados empeñados en que esto también desaparezca: "Hay que irse de Madrid", dicen los viejos orejones que salen en la tele; "hay que irse muy lejos a teletrabajar y ahorrar", nos dicen a nosotros, los que vinimos de fuera y hemos hecho con mucho sudor y sangre un círculo de gente a la que querer, y les dicen también a los de los abrazos espontáneos, los, como dice mi amigo Calvo, indígenas. Creen que somos juguetes cínicos y podridos como ellos, que estamos también en ruina espiritual y que vivimos en este pueblo castellano megalómano porque nos gusten sus tuctucs feos para turistas o las cañitas a cinco euros que maltiran en las trampas castizas del centro, pero si estamos aquí, si aguantamos como podemos, es porque está nuestra gente: no nos gustan las ciudades, sino quienes las habitan. Por eso lo mejor es que no nos vuelvan a decir que nos deberíamos ir.
Nos deberíamos ir
Los amigos de la infancia son un privilegio, un lujo de otros que no han tenido que huir de un lugar bastardo a una ciudad que nos engulle
Crítica a la presión de abandonar Madrid para teletrabajo; la gente permanece por relaciones humanas, no infraestructura. Para tech managers: retención de talento depende de comunidad, no solo costos; full-remote ignora el capital social perdido.









