Soy una muerta de hambre con dengues de pija, de acuerdo. Pero, a veces, cuando menos me lo espero, me da un brote de rencor de clase y le monto el numerito a quien menos culpa tiene ante lo que considero un oprobio intolerable. La otra tarde, sin ir más lejos, broté de mala manera en la Puerta de Alcalá. Sí, esa que ahí está viendo pasar el tiempo desde hace dos siglos y medio en el mismísimo corazón de la capital. La codicia de ciertos hosteleros, consentida por los jerarcas municipales y autonómicos, ha convertido las aceras de la glorieta más populosa de Madrid en un coto de señoritos vedado al pueblo. Algo así como la Casita de Bad Bunny antes de que las críticas le hicieran abrir la mano: un sitio donde se entra por guapo, rico o famoso, pero en suelo público y en el cruce de vías, y de vidas, más transitado y desigual de España. Así, entre hordas de turistas haciéndose selfis medio en cueros, bandadas de repartidores en bici con el lomo hecho un ocho, gente bien trotando hacia el Retiro y currantes afanándose por llegar a tiempo al tajo, esos taberneros con ínfulas explotan tres cuartas partes del espacio de todos, obligando a los transeúntes a sortear sus barreritas con portero y pinganillo y sus veladores altos cual palos de gallinero, donde se encaraman a exhibir sus plumas los pavos y pavas reales que pasan el filtro. Había jurado no pisar ese templo ni muerta, pero la otra tarde esta contradicción con patas se comió sus principios, se sometió al escrutinio de un encargado que la miró como si portara a la vez el chip del registro de morosos y el hantavirus, pidió un vino y unos panchitos dispuesta al correspondiente sablazo, y tuvo que escuchar que si quería frutos secos tenía que abonar suplemento. Fue ahí cuando me entró el siroco y le monté un pollo gratuito a una camarera que, probablemente, no podría permitirse una ronda en ese sitio sin desbaratar su presupuesto. Ni estoy orgullosa ni generalizo. Me consta que a 50 metros de ese escaparate de vanidad y tontería hay bares de toda la vida donde, a la segunda vez que entras, te llaman por tu nombre y te ponen el café a tu gusto y a un precio razonable según cruzas la puerta. Madrid es más acogedora y diversa que toda esa panda de engreídos clasistas que, miralá, miralá, ha tomado la Puerta de Alcalá y buena parte del centro de la ciudad como si fuera su casita, con el permiso y el aplauso de la autoridad competente. Hace 40 años, cuando Suburbano compuso tan inmortal himno, triunfaba la revista Madrid Me Mata. Ahora, nos maltrata. Y nosotros nos dejamos. De momento.