Las fiestas grandes de Madrid se han llenado de jóvenes que reivindican y reinterpretan el folclore popular madrileño en un momento en el que la ciudad ve su identidad más amenazada que nunca
Cuando llega el 15 de mayo, jornada que concentra la mayor parte de los festejos de San Isidro, los madrileños llevan ya un par de semanas en la calle. Las verbenas aparecen tras las Fiestas del Dos de Mayo y, en cuanto llega el verano, buena parte de la ciudad disfrutará del Orgullo. Son meses en los que es casi imposible aprobar una oposición, terminar una novela o beber con moderación. El pintor y dibujante Javier de Juan, retratista de Madrid y de sus habitantes desde los años ochenta, lo describe así: “Mayo en Madrid es una época en la que estamos en la calle. El aire empieza a oler de una forma muy particular que solo está aquí. Los atardeceres empiezan a suavizarse. Identifico San Isidro con un Madrid que se vuelve amable”.
Pero San Isidro ya no es solo una celebración de esa euforia primaveral que, citando un tema del músico catalán Joe Crepúsculo, convierte la ciudad en un motor en movimiento que no se puede apagar. Durante los últimos años, además, la fiesta ha servido para recuperar un folclore que estaba retrocediendo y estrechar lazos entre vecinos. De hecho, el propio Crepus, que lleva más de diez años viviendo en la capital, se puso hace poco la gorra de chulapo por primera vez y dijo que lo que más le gusta de San Isidro es que el santo “era un zahorí” que sentía fluir el agua.








